Contar en Perú

Escrito por Germán Jaramillo Duque el . Publicado en Columnas
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La semana pasada tuve la oportunidad de intercambiar ideas con un importante grupo de narradores orales peruanos quienes, como todo el que busca explicar su oficio, andan en averiguaciones acerca de cómo hacer que la narración oral no sea un simple acto de divertimiento, y por lo cual les compartí una charla acerca de lo que suelo denominar, con algo de insistencia y a veces de obstinación, el papel del narrador oral en la recuperación social de la palabra, convencido de que este oficio, tan necesario en el tiempo actual para recuperar los pasos perdidos de cualquier sociedad, está entrando en el camino del facilismo al que la globalización empieza a empujar todo proceso cultural con capacidad de restablecer la capacidad de discernimiento, de creación y de pensamiento del individuo, porque necesita promover la liviandad de la reflexión y del pensamiento para imponerse sin obstáculos.
Las razones por las cuales el oficio de la narración oral ha conseguido expandirse son muchas, porque nada sucede por generación espontánea, y según mi opinión, una de ellas es la ocupación de los espacios que ha dejado el teatro, como consecuencia de la crisis en la que se encuentra el mismo desde hace años.
Sospecho que dicha crisis se ha dado, en parte, por las exigencias de cambio de formatos, pues el tiempo es cada vez más veloz y el espacio está cada vez más ocupado, pero también, porque el teatro se fue apartando de su esencia social de cuestionar la realidad, para sumarse a las propuestas de entretenimiento sugeridas por la globalización a todas las disciplinas artísticas, porque es a través de ellas que el ser humano intenta buscar explicaciones y proponer los cambios.
La narración oral, al parecer, ha heredado de la crisis del teatro la disposición de éste de aportar entretenimiento, para garantizar su permanencia en escena, pues se advierte entre muchos oficiantes de la narración oral un afán competitivo, no por contar una historia con enfoque social, sino una historia para divertir.
Este estado de competencia ha generado una serie de actividades, que ha llevado a quienes empezaron contando relatos de tradición, a dejarse cautivar por la idea del entretenimiento, y por eso muchos de los relatos que suben a escena no son fruto de un proceso de investigación, sino la repetición de aquellos que en apariencia provocan más disfrute en el auditorio y por lo cual son repetidos sin cesar.
Se hacen muchos talleres para estudiar técnicas de contar, pero no para discernir sobre la utilidad social de la narración oral, y es quizás esta la razón por la cual no se ha tomado en serio la idea de beber en las fuentes del acervo cultural y poner la narración oral al servicio de la recuperación del valor social de la palabra.
Nuestra cultura ancestral latinoamericana no ha sido nunca parte de la construcción de nuestra dignidad, porque ha prevalecido la enseñanza de los mitos y las tradiciones foráneas, en detrimento del conocimiento de las propias, y esto es lo que ha hecho que carezcamos de dignidad cultural, de historia y de futuro.
Si no fortalecemos el conocimiento del pasado, inútil será que hablemos de futuro, porque quien carece de pasado también carece de recuerdos, y por extensión, de experiencias, que son las que generan conocimiento.
La narración oral como entretenimiento desperdicia la oportunidad que tenemos los latinoamericanos de ubicarnos en el tiempo de la historia.
Es hora de contar lo que nos pertenece, para hacer de la narración oral un vehículo de comunicación, que nos proteja del olvido al que nos está conduciendo el desenfrenado uso de la tecnología portátil.   

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