Conjugación del verbo invitar

Escrito por Germán Jaramillo Duque el . Publicado en Columnas
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El juego de la reciprocidad es constante en las relaciones sociales, porque en ellas intervienen intereses, personales o colectivos, que son los que dan impulso al ser humano para hacer algo, porque donde no hay estímulo no hay interés y donde no hay interés no hay proceso.
Sin embargo es importante establecer la diferencia, desde el punto de vista de las consecuencias, entre el interés personal y el interés colectivo, porque si el interés personal se impone, en detrimento del colectivo, todo cuanto hacemos alcanzará un desarrollo cuya influencia solo beneficiará a quienes están pendientes de los beneficios personales.
Cuando el interés personal se impone sobre el colectivo, restringimos la influencia del proceso y fortalecemos la exclusión, una actitud muy propia de nuestras sociedades, educadas para competir y no para compartir.
En el ámbito cultural, sector del cual poseemos algún conocimiento, debido a nuestro permanente contacto con el mismo, se produce un juego de reciprocidad cuya expresión más notable la encontramos en la conjugación, en presente continuo, del verbo invitar, y en la cual intervienen solo la primera y segunda persona del singular: yo invito, tú invitas. Es decir, yo te invito y tú me invitas, o dicho de una manera más coloquial: si tú me invitas, yo te invito.
Esta práctica suele estar presente en muchos procesos culturales, de manera inconveniente para los destinatarios de los mismos, porque debilita objetivos fundamentales de la cultura como el de producir cohesión social, recuperar acervo cultural, despertar la imaginación, incitar a la creación, etc, y da paso al objetivo oculto, cual es la generación de nuevas relaciones personales, o la consolidación de las que se hayan en proceso de construcción.
La reciprocidad, representada en la conjugación del verbo invitar, solo entre dos personas, termina imponiéndose en el desarrollo de una actividad, y por ello ésta se debilita con el paso del tiempo, pues cuando la inercia se apodera de una actividad se adormecen elementos necesarios para mantener su ritmo y su dialéctica, como el intercambio de ideas, la innovación, el mismo juego racional de la competencia, etc, y para no desaparecer la actividad termina conducida por una cofradía de poder, de esas a las que nunca nadie pide explicaciones, porque son precisamente las que toman decisiones y deciden qué se hace y qué no se hace en materia de cultura. Es decir, se burocratiza la actividad con el amparo de una aristocracia cultural.
Muchos procesos culturales están permeados por este tipo de reciprocidad, aunque no se nota, porque son promocionados por la misma aristocracia cultural que los dirige, con suficiente acceso a los medios, y porque quienes desean ser parte de esas logias guardan prudente silencio, porque guardan la esperanza de ser tenidos en cuenta.
Este juego de aplausos y reconocimientos mutuos, fruto de la reciprocidad del yo te invito, tú me invitas, es lo que ha llevado a muchas de nuestras actuaciones culturales a la consagración de la mediocridad, porque una reciprocidad como la anunciada deja de lado la calidad del producto para dar paso a la condición social del que lo produce, a través del tráfico de influencias, hábito ya enquistado en nuestras sociedades. 

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