En ningún otro sitio

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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En cuanto mi amigo Sergio Guerra -poeta, artista y orfebre- me escribe o llama, siento un regocijo interior. Reunirse a conversar con él es un placer inefable, ya que es un ser humano que transmite una gran confianza y está dotado de una capacidad de escuchar sin antecedentes, además de plantear temas de conversación de sumo interesantes y que me sacan de mi zona de confort.
En resumen, un amigo como pocos.
Tenía una invitación muy interesante: “¿Vamos al Club Hípico?” Mi respuesta, aunque no entendía bien el motivo de ir allí, fue un sí rotundo e incondicional. Obviamente, tratándose de una instancia de reencontrarse, llamé a su vez a otro colega a quien me alegra mucho ver: Alonso Siebert. Se sumó muy interesado.
Llegué a la calle Blanco Encalada, donde se sitúa el recinto; para mí escasamente conocido hasta ese día. Ni siquiera sabía que había que se debe pagar entrada, $500 (tres cuartos de dólar aproximadamente) e ingresé, no sin antes adquirir la revista Subieron Bandera.
Al poner un pie dentro del lugar sentí una atmósfera cálida, intrigante y misteriosa. Di un par de vueltas, hice una apuesta desafortunada a ciegas. Quedándome clara mi cualidad de lego en lo que al azar y al devenir del comportamiento equino respecta, devoré la revista. Estaba en eso cuando mis camaradas arribaron, en conjunto, cuando poco faltaba para la sexta carrera.
Buscamos un lugar cómodo y, como no, donde amenizar nuestra conversación con el lubricante correspondiente. De los muchos sitios que el Club Hípico alberga para comer, elegimos el que nos pareció más popular y sencillo. El arribo de mis compañeros trajo también a la suerte, concepto, constructo y realidad que provoca amor y odio simultáneo.
Pasando el asombro colectivo y poniéndonos al día de las actividades de cada quien, comenzamos a observar lo que sucedía alrededor. El juego de las probabilidades, la interacción social, el ir y venir del dinero, el comportamiento humano y también el animal, la poética explícita y tácita en los nombres de los corceles y muchas otras cosas.
Sergio, finalmente, nos reveló el motivo principal de su convite, cuando arribó a nuestra mesa un personaje de tomo y lomo. Y así, como de la nada estábamos compartiendo, departiendo y aprendiendo con Mark Alan Hershkovitz. Botánico, curador, fitogeógrafo y académico universitario de origen estadounidense.
Un hombre humilde y accesible a pesar de su connotación, su capital académico y su historial. Tal es su renombre que incluso la abreviatura de su apellido (Hersh) se utiliza cuando se habla de algún ejemplar clasificado científicamente por él.
En el clímax de nuestro diálogo grupal decidimos salir del restaurante en que habíamos pasado la mitad de la tarde, y al caer la noche nos ubicamos en un lugar cerca de la pista desde donde podíamos ver cómodamente la carrera, el desfile previo de los jinetes y sus cabalgaduras previamente a ubicarse en partidores, a la gente tronar los dedos cuando las bestias se acercaban a la línea de meta y, importantísimo aliño, al locutor relatando la carrera cual si el mundo se fuera a acabar.
De las muchas y muy interesantes acotaciones que Mark hiciera, una repercutió especialmente en mí: “Este es el único lugar donde pasan cosas como el que interactúe cara a cara gente de todos los estratos sociales, aquí pasan cosas que no pasan en ningún otro sitio”. Oteé a la lontananza, hice un barrido panorámico y lo comprobé. La pobreza y la desocupación se miraban cara a cara con el lujo, la opulencia y el boato excesivo; sin conflicto, en la más armoniosa convivencia.
Con tanta información nueva a cuestas, con tanto por conocer y recibiendo estos remezones intelectuales tan seguidos, mi descanso era el camino hacia las cajas. Elegía mi alternativa, me dirigía a arriesgar mi dinero como acto de fe hacia un cuadrúpedo que definiría mi suerte en un lance de menos de dos minutos. Decía el número de mi preferencia a la persona al otro lado de la vitrina y mi presagio de qué lugar ocuparía al cruzar la línea de fondo.
Afortunadamente la jornada fue buena, suerte de principiante con p mayúscula.
Todo puede pasar en el recinto, todo. Desde conquistar sumas inusitadas hasta perder casa, automóvil y familia por transformar un juego en un vicio contumaz. La adrenalina sube a niveles inusitados y la sensación de ganar, experiencia que no brinda ningún otro fenómeno más que apostar, es de sumo agradable y adictiva.
Las horas avanzaban y debíamos partir. Quise tentar al destino una última vez, con la intención de perder. Quería irme con una sensación neutral y sin pensar en que todo era dicha y solaz a la hora de apostar. De los caballos en parrilla elegí al que me pareció tener el nombre con menos garantías, reí cuando mis ojos se posaron en Quietito. Carrera número 13, observación no menor. Aposté para perder, cosa impensable. Puse en juego toda la ganancia del día (7 carreras consecutivas) al servicio de no tentarme a volver a futuro con apostar. Mi lógica era de que el último estímulo vivido sería el más importante de todos.
No aposté a ganador, como era mi inicial intención. Algo sucedió en el momento de dar mi veredicto y lo cambié en el último momento: “Quietito a tercero”. No entendí que impulso me llevó a cambiar de opinión, pero teniendo el recibo en mano ya no había enmienda de ningún tipo. Lamenté hacer sido tan conservador.
Comienzan a prepararse… partieron…por el centro Quietito en la delantera seguido de El Meloso, tercero Buffin Bay… en el cuarto lugar Town Cat, quinto por los palos Destello del Alma… sexto Tábaco y Channel, séptimo Tatay, octavo Rakitic…
Girando en la curva en la delantera Quietito a dos cuerpos sobre El Meloso, tercero Buffin Bay… a tierra derecha… últimos 300 mts., por fuera El Meloso, en el tercero arremete Rakitic. Pasa por fuera El Meloso, aumenta su ventaja. El Quietito tercero, segundo por fuera Rakitic.
Quietito tercero resonaba en mi mente.
Comprobé mirando el recibo, que efectivamente había ganado de nuevo. “La suerte es algo que ninguna ciencia puede explicar”, le decía en ese mismo instante Mark a mis comensales. Pensaba en eso cuando los altavoces sembraban alegría y tristeza en igual medida en el público asistente al efectuar el llamado de: “SE PAGA”.
Recordé el primer enunciado de Mark: “Aquí pasan cosas que no pasan en ningún otro sitio”.

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