Gracias por considerarme muerto

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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Día 23 de Abril, fecha en que se celebra a nivel mundial tanto el fomento lector, la industria editorial y la protección de la propiedad intelectual. Se conmemora la muerte de grandes próceres de la literatura como son Garcilaso de la Vega, Shakespeare y Cervantes quienes, casualmente, fallecieron el mismo año: 1616.
Es incierto su origen como idea, y hay varios lugares que se adjudican el haberla promovido en pos de lo que es hoy, un acontecimiento que no pasa inadvertido para nadie que tenga que ver con el mundo de las letras. Lo que si es cierto y fehaciente es que en 1995 Unión Internacional de Editores (UTE) presentó, en conjunto con el Gobierno de España, la idea a la Organizacón de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) constituyéndose como el “Día Mundial del Libro y del Derecho y Autor” desde entonces.
Es así que en las últimas semanas de Abril colegios, escuelas, bibliotecas y establecimientos relacionados con la palabra escrita realizan todo tipo de actividades relacionadas con el promover que todo mundo lea más (por hoy no entraré en debatir si es importante calidad o cantidad en este caso).
El libro se transforma en la panacea de los problemas de la humanidad, por algunos días, y se le asocia a varios efectos no necesariamente comprobados por la ciencia. Se le eleva a la calidad de un artefacto mágico omnipresente y se hace mucha charlatanería a su alrededor.
Estoy de acuerdo en que el acto de leer es una alquimia hermosa, que sin la lectura la vida no sería lo mismo y que el libro es una herramienta poderosísima. En lo que discrepo es en el pensamiento de que el texto escrito lo es todo, pues hay otros mundos que, lamentablemente, se hacen invisibles para quien está cegado por su propia creencia de ser un defensor del fomento lector (Como en otras columnas ya he dicho, concepto aún no definido en los documentos destinados a ello, como el Plan Lee Chile Lee).
En las funciones que tuve durante estas fechas fue recurrente una observación, expresada no siempre de la misma forma, pero con casi el mismo fondo: Que cuento más interesante: ¿En qué libro está? (¿Quién es su autor?, ¿Dónde lo puedo leer?, ¿Cómo lo consigo?).
Preguntas que hacen patente de que no concebimos un Universo sin libros, aún cuando en mi presentación soy claro en plantear que mi formación es a la antigua, a trevés del traspaso de boca en boca de saberes centenarios, ya sea en lo que a cuentos, versos y música campesina refiere.
Como lo hicieran Santos Rubio, Osvaldo “Chosto” Ulloa, Manuel Saavedra, maestros ya fallecidos) y como lo sigue haciendo Pedro Tapia de la Quinta Región. Recuerdo que en una vigilia en que compartimos Don Pedro, a quien estaba conociendo de forma reciente, me hizo una pregunta: “Don Gabriel, ¿Sabe Ud. leer y escribir?”. Siendo mi respuesta afirmativa, agregó: “Tiene que aprovechar, así se puede aprender más. Cuanto más no habría aprendido yo si hubiese sabido leer y escribir”.
Y claro, a veces hay que usar dicho soporte, muy valioso, como ya dije; pero no asumir que es el único medio. Porque el libro no es el único medio.
Cuando Don Nicanor Parrale consultó a Don Antonio Suárez del fundo El Tocornal las apreciaciones acerca del canto de Doña Violeta Parra, el hombre respondió: “Cualquiera canta en una mata de hojas”. Aunque Doña Violeta transitó entre el mundo de la oralidad y la literatura con una naturalidad que hoy sería inusitada, para el cantor antiguo la existencia de un papel como apoyo era casi una ofensa o una trampa; pues era una falta de respeto atreverse siquiera a cantar algo que no se tuviera archivado en la memoria por completo.
Los tiempos han cambiado y los narradores, salvo contadas excepciones obtienen su material de textos escritos, lo mismo que los cantores. Por comodidad, por falta de trabajo mnemotécnico, o por simple desconocimiento de que esta es una opción válida y existente.
En lo personal, cuando dejo en claro que mi material lo he recibido por vía oral, a muchos les parece imposible, inviable, poco probable. Algunos incluso se atreven a plantear que no existe tal modo de trabajar.
No obstante, habemos muchos que nos damos el tiempo de aprendernos un verso a lo poeta o un cuento de memoria en cuanto se lo escuchamos a alguien que es cultor al igual que nosotros. El libro es una herramienta, una ayuda, pero no es el único vehículo para contar una historia.
Muchas veces agregan: “Haga un libro con lo que sabe, porque eso se va a perder”. Hasta la fecha no se ha perdido y dudo que lo haga. Mientras hayamos personas que tienen este modo de trabajar, aunque el sistema nos exija y nos imponga lo contrario; no va a suceder. “Pero y si Ud. se muere, eso va a morir”, para eso tendríamos que morir varios, para eso tendrían que borrarse de la faz de la tierra todas y cada una de mis presentaciones en público, donde me consta más de alguien en la audiencia se aprendió de memoria los mismos cuentos que yo he retenido usando ese exacto mecanismo.
La oralidad, los cultores, la tradición y el traspaso de maestro a aprendiz estamos vivos.
Este tipo de observaciones, de afirmaciones y de verdades impuestas sobre lo que debo y debiera hacer con lo que he heredado, me hacen querer trabajar con más ahínco.
Son una inyección de energía, por eso, gracias por considerarme muerto.

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