El producto es usted

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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Un hombre inteligente y suspicaz, mi abuelo Victorino, usaba muchas frases de la sabiduría popular que fui entendiendo solo gracias a la edad y la madurez (que no siempre) le acompaña. Recuerdo su saludo cariñoso: ¿Qué hay de nuevo, Campeón? Y así comenzaban largas conversaciones sobre las noticias y proyectos en que me iba embarcando.
En primera instancia, cuando era un niño, era el mejor motivador. Tenía la palabra justa para guíar mis energías en pos de la consecución de un objetivo. Cuando fui creciendo y comprobándole lo diverso de mis intereses poco a poco se transformó en una suerte de mentor y consejero. Un tutor de la vida, al que extraño mucho.
Y así, viendo mi inversión de trabajo, esfuerzo, tiempo y recursos; me orientaba a nunca, jamás, dar mi dedicación a cambio de nada.
No me refiero solo a lo monetario, que es una parte importante de la vida (aunque no lo querramos), sino también a las retribuciones espirituales detrás de una obra.
“Tenga cuidado –decía- que nada es gratis en la vida. Si algo parece fácil y es gratis, probablemente el producto es Ud.”.
Me costó entenderlo y, la verdad, sigo digiriéndolo. No he llegado a una conclusión tajante respecto al valor de mi trabajo, pero al menos pienso en ello. Debo decir con pena que muchos de mis colegas no tienen para nada este asunto en carpeta.
Con muy buena intención (quizá) van contando, cantando y tocando sin pedir nada a cambio por aquí y por allá. Con gran gusto ingresan en establecimientos donde se hacen cursos “gratis”, sin ver la gran verdad que hay detrás de ello.
Un ejemplo no muy relacionado, pero bastante demostrativo. Metro de Stgo., empresa privada de transporte, empezó a colapsar hace cosa de diez años por el mal funcionamiento de los buses del Transantiago. Las quejas se hicieron frecuentes, la gente viajaba incómoda, el precio del pasaje muy caro (cada vez más) y los tiempos de espera bastante altos; resultado: un mal servicio. De inmediato comenzaron a “regalar” periódicos en las entradas a los andenes.
Los pasajeros se distraían leyendo, las quejas disminuyeron drásticamente.
Eso contado de un modo muy simple. La realidad es que el periódico lo pagamos todos con nuestro pasaje y sus alzas antojadizas, el diario informa lo que quiere y de una forma escasamente objetiva. Horas de horas de la vida de la gente se ven consumidas por ese sucedáneo mal trabajado de pasquín.
Nadie parece pensar en que hay miles de cosas más constructivas y elaboradas que esas páginas absurdas. Horas y horas de lectura valiosa desperdiciadas y un silencio cómplice ante una empresa abusiva que vela solo por sus intereses y no por el bienestar de los pasajeros.
El diario parece gratuito, y el producto es Ud.; que lo lee.
Hoy, donde un monopolio se ha emplazado en el arte de la narración oral chilena, sucede algo parecido. Cada semestre centerares de personas que jamás han conocido (y muchas de ellas jamás debieran haberlo conocido) son “capacitadas” en el arte de narrar y contar historias. Se les ofrece un curso “gratuito” que, en caso de pasar por los tres niveles que se han diseñado para el, no suma ni siquiera 100 horas de trabajo, el cual debe ser retribuido con un mínimo de cinco prácticas “sociales” (sociales porque se supone debían realizarse en zonas vulnerables, lo que de hace tiempo dejó de ser así). Los alumnos deben conseguir muchas veces los escenarios para presentarse, acomodar sus horarios, pagar su pasaje para llegar a tal lugar y, obviamente, hacer una actuación.
Muchos lo hacen y actúan sin siquiera tener claro cuanto vale su hora de trabajo. Luego la institución masiva aquella los considera como un ente más “Hoy los alumnos de la sede X contaron para 100 niños”.
Y la maquinita sigue funcionando. No importa el nivel de los egresados, no importa si se saben más de un cuento, no importa si se creen poetas populares sin tener idea de ello, no importa si se creen músicos y hacen el ridículo. Se le falta el respeto continuamente a todo aquello que, de boca, se profesa defender.
Y no falta el desubicado que se queda con que el espectáculo fue “bonito”, porque tampoco educan a su público. Porque lo que recibe tampoco es importante, lo trascendentes es que el público sume masa.
Si alguno de ellos es lo suficientemente ingenuo para seguir dejándose pasar a llevar le darán un trabajo irrisorio, le pondrán un uniforme, un susurrador en las manos y le pagaran unas monedas por un trabajo que, claramente, vale mucho más. Flaco favor le hacen al oficio, lo devalúan en su precio y en su calidad.
Si, en cambio, el pobre aprendiz tiene poder de opinión y piensa un poco más allá de lo evidente la maquinita lo desechará al instante.
Y así sigue el monopolio…
Porque lo que recibe el público tampoco es importante, lo trascendente es que sume masa y se vea lleno total en las fotos.
Afortunadamente, toda organización, fundación o empresa que crece a ritmos desmedidos caerá con ese mismo nivel de fuegos de artificio. Lo lamentable es que el nivel de los narradores en Chile ha bajado muchísimo, ha perdido identidad, ha perdido sentido y rumbo. Por fortuna no llegará el día en que haya más cuenta cuentos que público.
Quien quiera esbozar una crítica de este tipo se verá entrampado en una serie de juicios y aseveraciones sustentadas en la mediocridad y el facilismo; muy usadas por los narradores producto. Un discursillo triste y global que parece haber sido inducido en sus mentes, carente de creatividad y coherencia lógica.
No se constituye en realidad algo por decirlo reiteradas veces, no todos tenemos algo que contar.
Si que si es narrador o bien público de estos eventos masivos, piense, medite, reflexione; porque bien podría ser que el producto sea Ud. 

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