Me duele Chile

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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Hace poco más de una semana comenzaron a emitir en la televisión nacional la franja electoral de las primarias. En ella cada candidato expone sus propuestas de gobierno (en caso de haberlas) con el fin de convencer y entusiasmar al universo sufragante a votar, acto voluntario para el ciudadano.
Y es que no puede haber una oferta de candidatos demasiado amplia, ya que el sistema chileno de votación es binominal.
De forma complementaria han desfilado por la televisión en programas de contigencia política, de entrevista y también en los medios escritos.
La exposición de los problemas que afectan a la nación es dura y lamentable. Los sueldos son bajos, las pensiones por jubilación prácticamente miserables, los niveles de delincuencia altísimos, el desempleo sigue creciendo y el crecimiento de la economía está prácticamente estancado.
La educación es un bien de consumo y su acceso está limitado y supeditado por el dinero; a quien quiera ingresar a la Universidad le costará una buena suma, la que día a día se acrecienta por los usureros créditos que se ofrecen para intentar obtener un tíulo profesional.
La constitución política de la República sigue siendo la de 1980, es decir, instaurada bajo la dictadura de Augusto Pinochet Ugarte.
El panorama es para nada auspicioso, existe un ambiente de descontento basado en la continua creación de desigualdad donde unos pocos ostentan el dinero y el poder y el sistema pareciera seguir beneficiando siempre a los mismos.
Trabajar y trabajar sin descanso no garantiza una buena calidad de vida, el ascenso social por propio mérito es casi impensable y la honestidad en el medio político brilla por su ausencia.
Pareciera ser que la tarea del chileno promedio es meramente sobrevivir, pasar día tras día procurándose lo básico; alimento, techo y unas pilchas con que cubrirse. Bajo tales circunstancias me preguntó: ¿Qué será de los que ofrecemos cultura?, ¿Qué pasará con nuestra labor, si hoy es, de facto, un lujo?
Me cuestiono ello, pues he escuchado poco respecto a estas materias en el discurso de las figuras que potencialmente podrían llegar a guiar nuestro país. No los culpo, no es una prioridad preocuparse de algo que en la actualidad parece suntuoso y vano. Antes de ir al teatro, a un concierto o ver un espectáculo de narración hay que haber comido algo, hay que pagar las cuentas de los servicios básicos, cosa que no todos mis compatriotas pueden abordar. No por flojera, no por no querer cumplir con sus deberes, ni por gastar su capital en otros menesteres; simplemente llegar a fin de mes es una tarea maratónica. Imaginarse esas vicisitudes, para alguien con una dieta parlamentaria millonaria, es poco probable.
Por eso me duele Chile, porque veo todos los talentos que tenemos, porque veo el mérito que hay en ciertos compatriotas que aún costeándose de su bolsillo viajes, estadía, entrenamiento y preparación, logran salir del país a representarlo en el extranjero en certámentes de las más diversas disciplinas, logrando resultados increíbles y admirables. Aún cuando no tendrían porque lucir en el pecho la bandera de un lugar donde tan poco se les agradece.
Es triste, ni siquiera me dan ganas de pensar en que tipo de herencia les vamos a dejar a nuestr@s hij@s y niet@s, en que va a ser de Chile en los próximos cincuenta o cien años. Por unos pocos inescrupulosos que solo buscan el dinero y hacen y deshacen leyes a su antojo día tras día para seguir parasitándole a un país que, tan próspero es, aún no han podido llevar a la quiebra jamás.
Amo a esta angosta y larga faja de tierra, amo con toda el alma a esta tierra de poetas; pero no puedo impedir que hoy me ponga triste en que lo han transformado, que me duela Chile.

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