Fin del cuento

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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Tengo una sensación que no sé cómo describir. Impotencia tal vez, pena quizá, frustración puede ser. Algunos dirán que exagero un poco, que el fútbol en realidad no afecta el devenir de un país ni que influye en lo que tengamos que hacer durante la semana. Es cierto, en parte. Porque, como narrador, aprecio mucho el ver un partido de fútbol bien jugado, con estrategia, con honor, con instinto de superar al rival dentro de lo que el juego demanda y exige.
Hoy Chile se enfrentó en la categoría adulta a la selección de fútbol B alemana. Su estilo fue durante toda la copa el mismo, esperar el error de su contendor y tratar de sacar provecho. Sin proponer mucho, sin desgastarse en hacer jugadas que pudieran deleitar al espectador y tratando de llega al arco contrario con el número de pases menor posible.
Funcionó. Marcelo Díaz, sólido, profesional y entregado a su escuadra, se confió cuando no debía y no logró anticipar a dos marcadores que, tras quitarle la pelota en una salida desafortunada, pasaron por encima de los esfuerzos del capitán Claudio Bravo que salió de portería, con toda la garra que le era posible, para tratar de impedir la anotación germana.
Desde ese instante, en que Chile dominaba ampliamente la dinámica, no logró reponerse la oncena y terminó perdiendo por la cuenta mínima. La Roja se fue del partido, se desesperó, se desordenó. Desarticulados en su esquema y haciendo mella del golpe recibido.
Estemos de acuerdo o no con el despliegue de los europeos dentro de la cancha, fueron efectivos en lo que tenían que hacer y se quedaron con Copa Confederaciones, aunque Chile no se guardó nada y puso todo el empuje en dar vuelta el resultado.
El narrador que llevo dentro tituló a este encuentro como un “cuento sin final feliz” al terminar los noventa minutos reglamentarios.
No obstante, mi apreciación de los hechos fue cambiando a medida que avanzaba la tarde. Es un orgullo para mí poder encender la TV para mirar la magia con que se desparraman estos muchachos en la cancha, de cuatro finales que han jugado es la primera en que no resultan victoriosos, cosa que hace no mucho tiempo era impensable. Hace unos diez o quince años enfrentarse al combinado alemán era garantía de unos 3 goles, mínimo, en contra. Pensar en ir por la lucha de un campeonato, cualquiera fuese, era propio de los más optimistas fanáticos, de esos que casi rozan la locura.
Y sí, el fútbol (aunque en realidad todo deporte debiera ocasionar lo mismo) si afecta como nos vemos, como nos relacionamos y a través de su épica cambia el carácter de una sociedad.
En mi tristeza y mis pensamientos de apoyo distante al “Carepato” Díaz, salí a fumar un cigarrillo al patio. La premiación al segundo lugar y a los afortunados campeones había tenido fin hacía no más de diez minutos.
Vivo en un pasaje en que hay bastantes niños, pero es difícil verlos interactuar. Producto de la influencia del internet, de las consolas de video juegos, de que la jornada a la que deben responder los estudiantes es agobiadora; por eso y quizá por muchas otras cosas. Pero sucedió algo que me hizo recuperarme de mi melancólico sopor.
Los niños salieron de sus casas, con la polera del equipo al que habían estado alentando por semanas, con las caras pintadas, con el ánimo arriba.
Poco tiempo pasó hasta que uno llegó con un balón. Y se vino la reacción típica: “Yo soy Vidal”, “Yo soy Alexis”, “Yo soy Bravo”. La disputa por ser uno de los más famosos y vistosos, era dura; hasta que uno, bastante tímido al principio, tomó la pelota y la puso en la mitad del campo de juego imaginario “Yo soy Marcelo Díaz”- dijo – “porque puedo salir adelante y aprendo de mis errores”.
Este cuento, tendrá final feliz. 

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