La experiencia de enseñar

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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El día de ayer fue un día muy especial para mí. Por primera vez me atreví a compartir mis conocimientos como poeta popular de manera formal, en una jornada que tuvo una quincena de participantes, aproximadamente.
Siendo honesto, estaba bastante nervioso. Nunca había hecho algo así antes y no sabía, en realidad, como jugar a mi rol de “profesor”. Aún cuando tengo experiencia enseñando música o la ejecución de algún instrumento, una tibia ansiedad me invadía.
De modo que decidí tomar el camino que suelo emplear cuando voy a adentrarme en tierras desconocidas: prepararme lo mejor que pueda. No podía dejar cosas al azar o a ser determinadas por la fortuna, pues detrás de mi actividad había mucho trabajo, y el prestigio del Museo Violeta Parra.
Aprovecho esta instancia para agradecer al jefe de educación, mediación y audiencias, Esteban Torres Hormazábal; quien confío en mi trabajo y me dio esta tan valiosa oportunidad.
Con la colaboración del personal del Museo, especialmente de sus voluntarios, el Taller de Introducción a la Décima fue todo un éxito.
Los participantes estaban motivadísimos, fueron muy cooperativos y se notaba su interés en aprender y compartir. Extiendo mis agradecimientos a ellos también, ya que su actitud y espíritu le dio a este taller una atmósfera genial, que atesoraré mucho. No todos los días uno puede decir que hizo algo por primera vez, menos probable es pensar en que salga a pedir de boca lo que uno ha planeado y ejecutado con tanto cariño.
Me complace pensar que este hermoso primer paso es el impulso para seguir en la senda de la defensa, difusión y empeño en pos de que la cultura tradicional, y la poesía popular específicamente, sigan creciendo en nuestro país.
Y es eso, un primer paso que, lógicamente, me lleva a buscar otros métodos de enseñanza, a la auto-evaluación, que activa el instinto de superación y que, espero, lleve a mejorías en pos de la transmisión del conocimiento y la sabiduría popular a la antigua usanza; maestro-aprendiz, hoy en peligro de extinción.
Aunque suene cliché y a punto común, soy sincero en decir que siento que el día de ayer aprendí mucho más de lo que enseñé. Si hice las cosas mal pido sean indulgentes con la falta de experiencia de este servidor que cada día trata de hacer las cosas un poco mejor; y también que me siento de sumo gratificado en que me hayan abierto un mundo nuevo.
Dejando de lado la auto-referencia, voy de lleno a lo que se espera de una columna de opinión; como es la reflexión.
Si Ud., amigo lector, tiene un talento, una habilidad, una inquietud o un don especial el cual, por cualquiera sea el motivo, no se ha atrevido a compartir, deje sus miedos de lado. Láncese a la piscina cuanto antes, las sorpresas que encontrará son un tesoro exquisito. No lo deje ir por dudas infundadas, por temores, por la falta de alguna condición que espera a ser “perfecta” o por que las circunstancias no se han dado.
Si busca que todo esté bajo control antes de emprender en pos de atreverse, es posible que se le vaya la vida en ello. Y así, puede llevarse algo único e inapreciable a la tumba.
Entre antes se entregue a darse la oportunidad de equivocarse (si nadie nace sabiendo, mucho menos enseñando), antes encontrará la oportunidad de superarse en lo que a pedagogía se refiere.
El único requisito es sentir pasión por aquello que se quiere conceder a su audiencia, tal cual en el canto, en la narración, en la música y, en general, toda disciplina artística.
No se cierre a la experiencia de enseñar. 

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