De qué color es el mar?

Escrito por Patricio Sancha el . Publicado en Columnas
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Azul, obvio, el mar es azul.
Aunque para Pablo Neruda el mar era verde y para algunas familias de pescadores que han perdido a un ser querido en sus aguas, el color del mar pueda ser negro, por convención, el mar es azul.
Desde que somos niños se nos enseña que el color de los arboles es verde, el cielo azul, la nieve blanca,... y al trasgresor que se le ocurra ocupar colores diferentes, primero es corregido y si insiste en su porfía, es tildado poco menos que de loco inconformista. Nuestra percepción de las realidades que nos rodean son moldeadas para estandarizarlas y ser iguales a las de todos. No podemos ser diferentes, es peligroso para la estabilidad del sistema del cual formamos parte querámoslo o no.
Si bien es cierto la estabilidad puede llegar a ser tranquilizadora, también es cierto que nos adormece llevándonos a un letargo tibio con gusto a nada.
Volviendo al simple ejemplo de los colores estandarizados; no hay nada más bello que unos almendros en flor con sus pétalos blancos anunciando la futura llegada de la primavera. Al fijarnos en la nieve durante un atardecer de invierno, veremos todos los tonos posibles de rosado y el cielo patagónico es capaz de regalarnos la más rica gama de rojos...
¿Y para un daltónico que?
¿Y para un ciego?
Definitivamente las cosas no tienen un color único sino que depende del observador y sus circunstancias.
Definir y/o etiquetar son convenciones que solo nos sirven para entender el mundo que nos rodea pero lamentablemente también restringe nuestra imaginación cuando intentamos explicarnos la realidad con un prisma diferente.
No se trata de ser revolucionario o anti sistémico pero ¿qué daño nos puede generar el pensar que los almendros se visten de gala para recibir al sol que viene de vuelta para regalarnos un nuevo ciclo vital, que la nieve no es más que algodón de azúcar sobre inmensos turrones o que el cielo patagónico es rojo porque según una leyenda Tehuelche fue teñido de ese color cuando Nosjthej, uno de los gigantes originarios, arrancó a Elal, el primer hombre, del vientre de su madre para devorarlo, afortunadamente sin éxito.
Permitamos que los niños definan la realidad que comienzan a experimentar, con la libertad de la inocencia aun no contaminada porque solo serán niños un periodo demasiado corto de sus vidas, permitámonos ser lo que somos o podríamos llegar a ser, fuera de los moldes que se nos intenta imponer desde niños. Dejemos que de vez en cuando ese niño que nunca muere en nosotros se exprese a plenitud.
Mucho se habla de que la libertad personal termina donde empieza la libertad del otro pero la supuesta tolerancia no pasa de ser un ideal intocable puesto sobre un plinto a manera de escultura en un museo.
Aunque si bien es cierto los ideales no pasan de ser unos nobles conceptos por lo general inalcanzables, recorrer el camino por llegar a ellos es lo que define nuestra calidad de personas.
Para que los arboles tengan los colores del arcoíris solo basta con vivir un otoño y para que el mar sea verde, basta con leer a Neruda.
¿De qué color es el mar?
Obvio; del color que sintamos, que no necesariamente será el que veamos.

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