La tragedia del libro

Escrito por Germán Jaramillo Duque el . Publicado en Columnas
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Desde hace mucho tiempo se viene amenazando con el fin del libro, como ese artículo con el que podemos interactuar a solas, compartiendo pensamientos, comparando experiencias, anhelos, deseos y ambiciones con los personajes, y cambiar los elementos de juico que nos permiten percibir la realidad de manera distinta a como nos han enseñado a verla.
Para sustentar las amenazas cada quien tiene su teoría, aunque hay un denominador común en todas ellas y es la conclusión de que la lectura juiciosa, esto es, aquella cuya intención es cultivar el intelecto, averiguar cómo ve la realidad quien ha escrito sobre ella, y cuáles aspectos de la misma se le han escapado, es algo que cada vez se aleja más del objetivo de quien lee, debido a que los esquemas que se ejercitan actualmente para intervenir en la actividad intelectual tienen como visión el desvío permanente de la atención, generando múltiples estímulos y haciendo que éstos aparezcan de manera simultánea, para ayudar a descontrolar la capacidad de elección del individuo.
La lectura que practicamos actualmente, dicen los que saben de esto, es un acto de intimidad al cual se llegó después del invento de Gutenberg, que facilitó la elaboración de un formato que le permitió al lector trasladarse con el libro a un lugar habilitado por el silencio, adonde aprendió poco a poco que la lectura es un acto de complicidad analítica y reflexiva y de la cual podía salir con el pensamiento y la voluntad transformados.
Pero también, a partir del invento de Gutenberg, la lectura se convirtió en un acto autónomo y libertario, porque el lector pudo leer a escondidas lo que la censura impedía, pudo empezar a discutir consigo mismo, sin la presencia inquisidora de los representantes del estamento divino, y a difundir en forma clandestina nuevas ideas, porque esa sensación de libertad que producen el aislamiento voluntario y el silencio ayudó al cerebro a centrarse más en sus ejercicios de creación y pensamiento, y por ende, a volverlo más eficiente porque estaba libre de distracciones.
Esa etapa de la vida de ese formato del libro, y de la cual todavía hay rastros, no sólo modificó la percepción del ser humano y su relación con el entorno, sino que agilizó el pensamiento y aumentó en forma ostensible el deseo de saber, y de correr el riesgo de cumplir dicho deseo, porque fue posible sortear las nefastas consecuencias que sufría quien fuera sorprendido leyendo textos prohibidos, porque quien acababa de leer en su espacio de retiro y de silencio podía expresar en su rostro visos de satisfacción, y hasta de picardía, después de leer algo renovador, sin ofrecer evidencias de que se hallaba dialogando con el demonio, es decir, que estaba leyendo.
El libro aún ejerce como instrumento de interacción, y a veces como elemento tradicional de comunicación, pero el reconocimiento que el lector hace de sus aportes cognitivos es cada vez más volátil, porque su contenido se ha ido amoldando a las exigencias de divertimiento que han sido impuestas por la intromisión del concepto de mercado en la actividad cultural, llevando a todo aquél que decida hacer un producto artístico o a vender el que otro hizo a cumplir con la obligación de tasar su valor sólo en términos de dinero contante y sonante.
Esta es una forma de quitarle peso al papel que tradicionalmente ha tenido el libro de cuestionar la realidad, y de inducir al lector a exigir cada vez contenidos más livianos, que lo distraigan, que no lo hagan pensar y que tampoco le dejen cargas morales pendientes para resolver, porque el libro también ha entrado a formar parte de la globalización del entretenimiento.
   

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