Largo viaje

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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Este año, marcado por la palabra homenaje y múltiples conmemoraciones de tipo artístico, ha sido uno de gran actividad cultural. Felizmente lo nacional ha tenido un gran protagonismo, seguramente por cumplirse los cien años del natalicio de nuestra única e inigualable Doña Violeta Parra.
Afortunadamente la energía motriz detrás de conocer y conocernos en nuestras raíces y creación no se ha supeditado solamente a su figura, otrora monopólica como receptora de agradecimiento y reconocimiento de valía.
La década del sesenta vio nacer mucha creatividad desde distintas vertientes, pero con un fenómeno aglutinante entre todas ellas: hacer evidente y palpable la desigualdad económica y de oportunidades en un contexto social complejo y muy particular.
Con esa conciencia de pueblo y con altura de miras es que en las artes audiovisuales destaca una figura icónica, Don Patricio Kaulén.
Si bien su carrera comenzó a fines de la década del treinta y los albores de los cuarentas, e innegable que su nombre hoy se relaciona más con Largo Viaje (1967) y La Casa en que Vivimos (1970), además de por su incesante labor en pos de aumentar la creación en nuestro país, siéndola cabeza de Chilefilms, por petición del entonces Presidente de la República Eduardo Frei Montalva, entre 1965 y 1970.
Una gran medida que logró establecerse en este periodo fue que el 20% de las recaudaciones por venta de entradas en las salas de cine serían devueltas al realizador de la película y, segunda medida, que toda entrada emitida para un filme chileno debería pagar impuesto, eximiendo de este costo a los cineastas chilenos. Ambas medidas fueron bien recibidas por los colegas de Kaulén, quienes pudieron disponer de mayores ingresos tanto para la creación como para la inversión en equipos. El resultado, el número de filmes nacionales se incrementó ostensiblemente hasta 1974, año en que la Junta Militar de Gobierno decidió abolir tales medidas (a la fecha ninguna de ellas se ha vuelto a implantar y no existen conversaciones sobre legislación relativa al cine en el Congreso).
Solamente por estos motivos es que debiéramos considerar a Kaulén una figura destacable en su disciplina, un héroe que hace lo que se requiere: profesionalizar el gremio, lograr asociatividad entre sus colegas, hacer la labor de ellos visible (ojalá hubiesen muchas personas así en la actualidad); no obstante, recordemos que su obra es también relevante.
No me distenderé mucho en ella, pues eso sería una labor demandante y propia de quienes puedan desarrollar un adecuado análisis en profundidad, cosa en la que me declaro incompetente. Más bien quisiera contar una anécdota, una vivencia, mi propia experiencia; una a la que la fortuna me llevó por casualidad.
La Cineteca del Centro Cultural Palacio la Moneda exhibió durante la semana del 07 al 13 de Agosto la destacada Largo Viaje, por cumplirse los 50 años de su estreno. Para la inauguración hicieron un sorteo de cinco entradas dobles vía redes sociales, solo bastaba argumentar el motivo de estar interesado en verla y de participar del posterior conversatorio. Mi argumento fue que siendo cantor a lo divino, me interesaba por tratarse de uno de los pocos documentos que han logrado plasmar la verdadera esencia del Canto al Angelito. Fui afortunado, gané un par de entradas.
Por primera vez la vi en pantalla grande. Por primera vez estaba viendo esa rueda de cantores tradicionales y populares que formaron Manuel Saavedra (a quien tuve el honor de despedir en su velorio con mis cantos), Joaquín Cantillana (Maestro de Alfonso Rubio, mi Maestro), Arturo Vera y Octavio Miranda en una verdadera sala de cine. Entendí la película de otro modo, más maduramente, más profundamente.
No alcanzaba a reponerme de ese impacto cuando comenzó el conversatorio con los hijos de Patricio Kaulén, aunque soy malo para los nombres uno quedó especialmente en mi memoria. Enrique, el mismo Enrique. Quien encarnó a ese personaje sin nombre que es eje y motor del guión de la película, en su misión de entregar un par de alitas de papel a su hermano para ayudarle a llegar al cielo.
Un hermoso diálogo entre ellos recordando como era su padre, como era el Chile de esos tiempos, hablando sobre el proceso de filmación y de como se reclutó a los “actores” (la mayoría eran trabajadores de Chilefilms sin estudios formales en teatro o cine).
Oportunidades así no se dan todos los días y por ello es que, el día Domingo 13, fui acompañado de mi querida artista de la danza, Scarlette Díaz, a verla por segunda vez. Habiendo digerido mejor muchas de las cosas expuestas en el conversatorio, pude apreciarla desde otro prisma.
Una recomendación: vea Largo Viaje. 

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