Festivalitos y festivalotes

Escrito por Germán Jaramillo Duque el . Publicado en Columnas
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Estuve leyendo opiniones (con altas dosis de veneno, despecho, rencor, sentimiento de frustración, en fin, juzgue cada uno cuál de estos componentes tiene su opinión), en el Facebook, acerca de los festivales, estimuladas por uno de los contertulios, a quien la falta de perspectiva en su oficio lo llevó a decir una de esas frases desesperadas, dictadas por el despecho que provoca la ausencia de nombradía, para atraer la atención de quienes solo se comunican cuando emerge el comité de aplausos que existe en toda organización social, y que ordena activar la zalamería y la contemplación.
Las palabras de quien tuvo la intención de armar un gran alboroto, y no un debate, al parecer también fueron inspiradas por su deseo de convocar una cruzada para avanzar en pos de quienes, según él y sus contertulios, han envilecido la narración oral negándoles paga de profesionales a los oficiantes de ésta.
Afirmó el héroe de nuestra historia, que existen festivalitos. No fue generoso en presentar evidencias, no obstante los ruegos de muchos de quienes entraron en calor, dispuestos a expresar sus amores y sus odios, por lo que deducimos que solo entró en escena para hacerse notar.
Quienes leíamos con ánimo reflexivo, tratando de hallar una oportunidad para terciar en la disputa (pues era más esto que un discernimiento), terminamos por declinar todo intento de participación, cuando comprendimos que estábamos frente a una estratagema, creada para el ejercicio de la auto alabanza entre los miembros de una de las logias de habladores que existen en Colombia, y cuyos miembros se autodenominan cuenteros, y atacar, con alevosas mentiras a quienes no son parte de esta y tampoco han querido darles reconocimiento de señorío.
Nos quedamos, pues, sin conocer la definición de festivalito, y peor aún, quedó insatisfecho nuestro deseo morboso, el mismo de quienes estaban preparados para justificar su pelea, de conocer los nombres de aquellos eventos, llamados por nuestro héroe con el despectivo término de festivalito, con lo cual nos dio una muestra de su ánimo camorrero y de su desgano para hablar de narración oral apelando a las finas maneras del debate.
No entiendo gran cosa de festivales, y cuando escucho la expresión festival pienso en lúdica, en fiesta, en holgorio, en francachela, ect, no porque lo festivo sea en sí esto, sino porque la palabra tiene una fuerza ideológica que hace de quien la convierte en acción un ser con tendencia a la despreocupación, y por ello no encuentro más diferencia que el tamaño de la despreocupación cuando se habla de festivalito o festivalote.
La narración oral está pasando por un momento de aparente abundancia, que invita a la confusión, porque no es la cantidad de narradores orales, o habladores o cuenta cuentos o contadores de historias lo que hace del oficio algo útil, sino su objetivo social, y por eso Incoar una discusión para establecer cuáles eventos tienen gran formato y cuáles no es otra manera de disipar la realidad para evitar su confrontación.
Tal parece que a la narración oral también le ha llegado la contaminación de los cuantos, tan común en los procesos evaluativos actuales, caracterizados por la calificación de los hechos partiendo del número de personas asistentes a un evento y no de la formación de las mismas durante el proceso.
Muchos hay que argumentan con sobrado orgullo haber estado contando en un escenario en donde el público asistente sobrepasaba las mil personas, y otros, hasta más. Deben ser estos los mismos que hacen alarde de haber participado en los más importantes festivalotes del mundo.
Se infiere que éstos jamás irán a un festivalito, porque su profesionalismo se los impide. Y qué bueno que no vayan, porque así se salvan los eventos de narración oral de contaminarse con la egolatría.  

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