Audilio Reyes

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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Hablar de Don Audilio Reyes es hablar de mis orígenes en el canto, es hablar de raíz, es hablar de cultura campesina real y sin adornos, es hablar de una familia de poetas populares, es hablar de la cosmovisión del arte tradicional.
La piedra angular de la actual escuela pircana y nacional del guitarrón chileno proviene de este incansable manantial que ha producido a los más insignes cultores que uno podría imaginar.
Y es que Don Audilio era todo eso. Un personaje natural, puro, de gran identidad; quien hasta muy pocos días antes de fallecer a los 88 años (sí, 88 es la cifra exacta) seguía entonando sus valses, sus tonadas y sus cantos a lo divino.
Era una persona cariñosa, humilde y muy generosa de sus saberes. Respetuoso del canto antiguo, pues lo conoció de frente y fue parte importante de que se mantuvieran tales expresiones en la actualidad.
Le recuerdo muy participativo, lleno de energía, siempre con una palabra amistosa y la sonrisa ancha y dispuesta; siendo un puente entre la antigua ley pasada y quienes quisimos tomar la posta del canto campesino hoy en día.
El fin de semana recién pasado uno de sus innumerables sobrinos, mi entrañable amigo Jaimar Martínez; director musical del conjunto Quinchamalí, me llamó para contarme las malas nuevas, Don Audilio había fallecido y era misión para mí despedirle como se debe: cantándole.
Me puse en contacto con el Maestro Alfonso Rubio, para hacer rueda en conjunto. Debíamos acudir a la Capilla de la Medalla Milagrosa de Huingán.
Con Don Alfonso nos encontramos en Plaza de Puente Alto, compartimos algo de comer y departimos ideas y recuerdos. Podríamos haber estado evocando a Don Audilio toda la noche sin siquiera salir del lugar.
Historias sobran. Las que vivió con su tío Juan de Dios Reyes (aprendiz del místico y legendario zurdo Ortega, maestro de maestros e inventor del estilo de toquío usado aún hoy en día), con su “taita” José Reyes, con con Manuel Saavedra, con su prima Otilia Morales y un suma y sigue que reúne y resume todo el panorama musical, poético y folclórico de la provincia de Cordillera.
Subimos a un taxi y al llegar a destino nos encontramos con mucha concurrencia. Aunque bastaba la sola presencia de la parentela del malogrado cantor, la capilla estaba atiborrada, repleta de punta a cabo.
Juan Pérez Ibarra, sus alumnos y los que no son suyos, entonaban una rueda de canto por padecimiento del Señor. Me encantó escuchar entre ellos especialmente a Hugo Reyes, sobrino del despedido, por su tono campesino carente de artificios y por poder cotejar avances en sus escarceos con la guitarra grande.
Y así corrió la noche.
Con Don Alfonso cantamos mucho. Habrán sido unos siete u ocho versos por cabeza. Nos quedamos cuando ya solo los parientes más cercanos quedaban. Tomando café, prendiendo un brasero, disfrutando de un pan amasado cada tanto para capear el frío y para reponer la voz.
Y en esos ires y venires una de sus sobrinas me preguntó: “Y Ud. al tío, ¿De cuándo y dónde lo conoce? Ni yo mismo me lo había preguntado y la verdad tampoco recuerdo el momento preciso en que le conocí. Recuerdo que del día en que me aventuré a viajar por los rieles que dibujan los trastes y el encordado, siempre estuvo allí. Sacándose el sombrero al saludar, sentado de piernas cruzadas fumando y ofreciendo cigarros a todo el mundo, con esa facilidad para afinar que hasta el día de hoy admiro, con sus cuentos, con sus consejos de hombre sabio.
Entoné, luego de eso y evocando las memorias de todo lo vivido juntos en su hogar, en casa de Don Alfonso, en vigilias, en encuentros de cantores, en trillas, en vendimias y tantos otros eventos; la melodía Andes Sureña para él. Improvisé un verso por despedida en solitario y me acerqué a su féretro, pues ya había amanecido.
Me despedí de los presentes y salimos con Don Alfonso en busca de la avenida principal. Mucho silencio, mucha reflexión. Cuando la calle por donde la locomoción transita estaba cerca, vimos mudos como se me había pasado el bus; a causa de ello tomé la dirección contraria para aprovechar de encaminar a Don Alfonso a su casa.
Cantidad de recuerdos emergieron de nuevo mientras caminábamos cerca de Huingán. Vivencias que no podía haber experimentado de no incorporarme a la familia del canto, gracias, justamente, al cultor que iba a mi lado; Alfonso Rubio Morales. Otra familia de renombre en lo que al canto y la tradición respecta, además de haber cultivado a los mejores guitarroneros que han existido.
Se acercaba el Metrobus que debía de abordar. Pasado había un buen lapso de recorrido a pie para Don Alfonso y para mí. En mi mente le agradecía por darme las llaves para entrar a un mundo tan hermoso como es el de los cultores, los cantores campesinos honestos y su filosofía de vida.
Paradojalmente, poco después de despedirnos y cuando ya tenía puesto un pie en el primer escalón del bus, me dijo: - Muchas gracias por acompañarme, Don Gabriel. –
Pensé de inmediato: aún quedan cultores honestos y humildes. 

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