Pasiones

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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“Un hombre sin pasiones está tan cerca de la estupidez que sólo le falta abrir la boca para caer en ella” Séneca (2 A.C.- 65 D.C.).

¿Quién no ha sufrido por una pasión de la que no puede distanciarse?, ¿Habrá algún sujeto tan desafortunado como para no haber sentido pasión en su vida?, ¿Qué despierta, principalmente, las pasiones en el ser humano?
Muy frecuentemente hago preguntas que lleven a la reflexión, fenómeno y proceso tan poco valorado en el devenir de la actualidad, tan apegado a lo inmediato y concreto. No es hoy la excepción. Se preguntarán mis encarecidos lectores el camino que me ha llevado a elegir este tema como el tópico para sostener la columna que hoy les comparto, debo confesar con algo de vergüenza que el motivo de estas cavilaciones ha sido una pregunta que me ha dejado sin respuesta en el momento en que fue formulada (cosa rara para un payador, cuyo oficio se sustenta, justamente, en tener réplica inmediata a cualquier cuestionamiento que se le ponga en frente).
Básicamente, luego de haber escuchado a varios guitarroneros, cantores, payadores y poetas populares; un amigo a quien vengo conociendo hace poco, me comentaba que mi forma de cantar transmite cosas que no había experimentado previamente. Muy asiduo seguidor de los cultores de la palabra y la tradición oral, me explicaba con mucha precisión que sentía algo especial al oírme tocar el guitarrón, al abordar un verso, al lanzarme a tuntunear un toquío.
Punto ciego para mí, estoy muy adentrado en los árboles como para ver el bosque desde afuera.
Por ello es que no pude esbozar una hipótesis aceptable que pudiera calmar su inquietud, no, al menos, en el preciso instante en que esta le aquejó. Este tipo de desafíos son un manjar esencial para poner a prueba mi intelecto, es así que he estado un par de semanas buscando la luz en esas tinieblas, pensando, descubriendo, construyendo teorías y debatiendo conmigo mismo y el mundo.
Hasta que, creo, tuve una epifanía.
¿Por qué sentimos “algo” distinto o especial con ciertas obras artísticas y otras no?, ¿Qué hace que un ser humano igual a quién hace de espectador despierte sensaciones que nos acercan a la belleza? Sin duda, no son las habilidades, no es el estudio, no es algo corporal, seguro.
Es algo que va más allá, me imagino y creo que con total convicción que es la energía transmitida al producto, al proceso y al resultado; es decir, al proceso en su total globalidad. Quise ponerle nombre a esa energía y, finalmente, la bauticé pasión. Pasión, esa energía desmesurada, amor, cariño, empoderamiento, ese voluptuoso ardor entusiasta que carece de toda lógica y razón, que a veces nos hace esclavos y que puede transformarse en un descontrolado huracán.
Me hace mucho sentido la posición de François de La Rochefoucauld, dice de las pasiones que son los únicos oradores que siempre convencen, con reglas infalibles. En sus máximas morales propone que cualquier persona, por modesta que sea, persuade con mayor efectividad y elocuencia que un predicador preparado y pulido, pero carente de ese efluvio emotivo.
Luego, las pasiones nos presionan a ir a un sitio desconocido, ignoto y temido: la carencia de control y dominio. No es fácil dejarse llevar por ellas sin caer en cuestionamientos, sin evitar caer en la falsa creencia de que son contrarias a la propia voluntad. Las pasiones nos hacen sentir volubles, vulnerables y a gran distancia de ser dueños de nosotros mismos.
Y claro, las pasiones buscan algo muy distinto a lo que como sujetos erradamente pensamos está al alcance de nuestras manos, somos su instrumento y solo intentan satisfacerse a sí mismas sin contemplar nuestra integridad. En resumen, nos dejan a la deriva en un mar torrentoso, carentes de medios para protegernos de sus excesos y no nos necesariamente coherentes.
Si bien pueden transformarnos en nuestros propios enemigos, cuando nos hacen presa de ellas, son un modo honesto de distanciarse del ego y generar acciones que de otro modo nos sacarían de nuestra zona de confort.
La pasión me permite repasar un verso hasta cuando estoy seguro de no cometer errores de ningún tipo, recordando cada palabra con exactitud. La pasión me desconecta del dolor de mis dedos para seguir estudiando un instrumento por horas y horas. La pasión aumenta mi concentración, aún con tanto ruido mundano alrededor.
He allí la diferencia. No soy presa del miedo al error cuando tengo un guitarrón entre las manos, pues equivocarse es aprender, no soy dueño de las melodías que he aprendido ni de aquellas que he creado, vienen de una energía superior e inexplicable para mí. No la he visto, no la he palpado, no me ha hablado; pero la siento, la experimento y es una vivencia continua. Pan de cada día.
Si sientes, querido lector, pasión por alguna actividad, sabrás al igual que yo que no hay hambre, cansancio, sueño ni distracción de cualquier tipo que pueda interrumpir tu “inspiración” cuando estás en ese flujo que te hace olvidar la existencia de un cuerpo, una mente, un mundo que te rodea. Eres uno y parte de un todo con ese vendaval.
Tal vez, trazo esta conclusión humildemente, esa sea la diferencia. Mis cantos, mis cuentos, mis entonaciones no están dirigidas a nadie en particular en este medio terreno.
Mucho menos se nutren de los focos, del escenario o de aplausos; por el contrario, son solo un medio de conexión para esa gran fuente de energía que creo el Universo, que da vida, que lo ha hecho todo antes que nosotros y que sería capaz de hacerlo de nuevo.
No hay distinto en mí con respecto a otro ser humano, salvo una cosa: siento pasión por lo que hago.
 

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