La experiencia FILSA

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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Se me había quedado este tema en el tintero, quizá lo bloqueé, quizá estaba esperando a madurar o tal vez se escapó de mi alcance por lo vertiginoso que ha sido el presente mes. Entre funciones y ensayos de Pájaro Cantor, el preparar la participación en el 1er Festival del Cantar Popular de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, componer la banda sonora de un par de cortos y la alergia que me tuvo contra las cuerdas, ha sido poco el tiempo que me he tomado para escribir.
He caído en la prisa, en la falta de reflexión y en hacer por hacer en algunos instantes, aunque, trabajando en forma dedicada, he podido recuperar el ritmo que me agrada a la hora de poner mis ideas en el papel.
Casi dos semanas han pasado de que fui invitado por el Círculo de Narradores Orales de Chile, Cinoch, para ser parte de un conversatorio titulado: Narración Oral Tradicional y Tesoros Humanos Vivos.
No es primera vez que acudo allí como algo más que un mero comprador-espectador del variado programa de actividades que ofrece la Feria Internacional del Libro de Santiago y, basado en experiencias previas, llegué con bastante antelación a la exposición conjunta que tendríamos con el Tesoro Humano y cultor Belisario Piña y César Muñoz, Presidente de Cinoch; moderada por el colega narrador Omar Saldivia.
Di algunas vueltas, miré el orden de los puestos, exploré la cartelera, me topé con los siempre redundantes susurradores y pupeadores, coticé algunos libros, fui al baño, me encontré con conocidos, volví a sorprenderme con lo oneroso que resulta tomarse un café en el interior del Centro Cultural Estación Mapocho, maldije el IVA a los libros (en Chile es un costo extra que asciende al 19% del valor original del texto y debe ser abordado exclusivamente por el cliente) y a sus inventores, me aburrí mirando a esos cuentacuentos que se disfrazan y tratan a su público como si tuviera alguna merma en sus facultades cognitivas y, finalmente, me acerqué al Foro del Autor, lugar donde debía “exponer”.
La verdad no hallé gran diferencia entre este año, versión 37 del evento, donde el invitado especial era Italia y la anterior, cuando el ilustre convidado fue México, tampoco drásticas discrepancias con respecto al año 2015, cuando los países nórdicos eran los protagonistas.
Me sentí fuera de contexto en todo momento, en un lugar artificial y poco relevante en lo cultural, donde al parecer la gente paga su entrada para ostentar de un status que no tendría en caso de no asistir a la feria. Para tomarse la selfie, cargar una historia en Instagram o subir algún video en directo vía Facebook.
De hecho, mientras exponíamos y contábamos con don Belisario, él sus mentiras y yo cuentos que he heredado por verdadera tradición oral, gran parte del público estaba más pendiente de enfocar sus celulares hacia nuestros rostros que en tratar de seguir nuestros testimonios, opiniones y experiencias.
Éramos dos bichos raros en un lugar donde ni siquiera tenemos posibilidad de existir.
En mi devenir en busca de sentido pude ver varios libros que sostenían que el soporte único y valedero es, justamente, el libro. Otro llamó mi atención por mencionar la palabra rescate 24 veces en apenas dos páginas de prólogo, vanagloriándose de ser una recopilación única de material, cuando los cuentos que contenía ya Ramón Laval los había recogido antes de 1900. Uno más donde se hablaba sobre el guitarrón chileno con un lenguaje extremadamente academicista y dirigido a las élites, aseverando su muerte a fines de los años 50. Oh, sorpresa! El instrumento que toco en la actualidad falleció hace más de medio siglo y yo, como cultor del mismo, también.
Entiendo que en un Feria del Libro lo importante, que duda cabe, es el libro. No obstante, discrepo de ese desfile de gente que ha transformado la literatura en un negocio vano y sin contenido de ninguna especie; dando por muerto o en peligro de extinción todo lo que no quepa en una hoja impresa y que, por lo demás, no han intentado siquiera comprender.
Filsa me parece un centro comercial de textos, muchos de ellos sin gran atractivo salvo por lo visual, a precios inaccesibles para el ciudadano común y corriente que debe hacer malabares y magia de todos los colores para llegar a fin de mes con un sueldo paupérrimo. Filtro adicional es el tener que pagar una entrada para siquiera, tener la opción de mirar los estantes (cosa no siempre bien recibida por los dependientes y vendedores).
Por ser expositor me dieron una tarjeta que me permite entrar los días y veces que quiera, y es una suerte el que de alguna manera obtenga esa retribución por mi trabajo, porque si hubiese tenido que costear el derecho a ser admitido allí de mi propio bolsillo, doy media vuelta y no entro jamás de los jamases.
No obstante, quedé satisfecho con que un par de personas me contactaran una vez concluido mi testimonio, siento que le torcí el brazo a ese monstruo invisible que es lo masivo, que pude mostrar quien soy en un contexto donde mi existencia ni siquiera tiene la más mínima cabida. Sé que no fui más que un objeto de museo fugaz y perenne para muchos de mis oyentes, pero de todos modos generé diálogo y reflexión de calidad en algunos interlocutores y, querido lector, compartí una mesa de conversación con un verdadero Tesoro Humano Vivo.
Y lo valoro, pues esas conversaciones, esas sonrisas con complicidad, esa poesía compartida, esos brindis centenarios, esos versos aprendidos de memoria, la capacidad de crear espontánea y libremente, esas anécdotas sobre los antiguos maestros, los dichos y refranes de antigua ley pasada traspasados de generación en generación, todo eso; lo digo con total seguridad y orgullo, no está (ni estará) en ningún libro. 

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