Folclore poético

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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De un tiempo a esta parte he venido escuchando un concepto que, en principio, me ha costado mucho entender, cuestionando incluso su existencia.
Y es que los estudiosos, muchas veces distantes en grado sumo de los creadores y defensores de las raíces con tradición; realizan clasificaciones y crean artefactos culturales para tratar de entender desde los libros lo que los libros no pueden explicar.
Si ya el concepto de folclore me es un poco esquivo (jamás escuché el concepto aquel de la boca de Audilio Reyes, Ricardo Gárate, Osvaldo “Chosto” Ulloa, Domingo Pontigo, Otilia Morales, Santos Rubio, Belisario Piña y tantos otros creadores y excelentes ejemplares de identidad) por ser algo artificial y diseñado con fines académicos sin incluir a su objeto y sujeto de estudio, los cultores.
Hoy, adicionalmente debo enfrentarme a seis fracciones en que el concepto de folclore ha sido diseccionado, esto es: narrativo (fábulas, cuentos, leyendas), poético (donde se incluye el romancero, cantos, refranes, coplas, adivinanzas, dichos), mágico (supersticioso, espiritual y “a lo divino”), social (bailes, costumbres, juegos, tertulias, eventos familiares), lingüístico (constituido por aforismos, pregones y deformaciones del lenguaje y dialectos propios de cada comunidad) y ergológico (relacionado con los aspectos materiales, utensilios, alfarería, pintura y otras expresiones plásticas de un pueblo; como también con sus costumbres alimenticias, brebajes y potajes).
Inmediatamente me pregunto, ¿Se puede hacer un corte limpio en el cuerpo estudiado que permita encontrar una de estas expresiones puras?, ¿Cómo se puede separar uno de otro? Un cuento, por ejemplo, tiene sin duda una connotación narrativa, cuando un cultor verdadero lo narra será obvio que algo de poético tendrá, y un contexto social, pues no se establece conexión con un auditorio en soledad y, además, este contexto estará, sin duda, permeado por el compartir alguna bebida y/o comida.
Los académicos, y quienes pretenden serlo, parecen querer implantar un modelo metodológico de trabajo que solo les acomoda a ellos, pero que es cierto contamina preocupantemente el evento estudiado, deformándolo en extremo en algunas ocasiones. Siento que su orientación es un poco pretenciosa, o demasiado ambiciosa, por lo menos.
Si, por ejemplo, tomo varias fotografías a un elefante a fin de la preservación de su recuerdo y características el día en que su extinción sea inminente podrían pasar cosas interesantes, válidas desde la lógica; pero de escasa utilidad científica.
¿Podría Ud., querido lector, imaginarse como es la cola del animal si la foto es de frente? Si la toma es de la parte posterior del paquidermo, es decir, ocultando su rostro y cabeza al testigo de la imagen, ¿Se imaginaría alguien que jamás haya visto un espécimen del animal su trompa?, ¿Podría suponer como usa esa “extremidad” y con qué fin?, ¿Sus colmillos de marfil?, ¿El color y forma de sus ojos?
Quizá podría llegar solo a suponer, con margen de error considerable, los puntos ciegos fuera del enfoque de la lente.
Mi opinión es que no se puede conocer al elefante globalmente, salvo que veamos a la bestia en su totalidad, con una perspectiva integral y desde varios puntos de vista. Acercándose, estableciendo una relación, conociendo su aroma, su textura, su dieta, su cotidiano.
¿Algún académico dispuesto a tanta molestia? Los hay, pero son una minoría.
Y es así que día a día me escriben narradores, cuentacuentos, preguntándome cosas que han sacado de los libros (fuera de contexto en considerables ocasiones), muchas veces erradas, para tratar de completar parcialidades que cuando fueron escritas ya eran lejanas de la realidad.
Recuerdo a algún sujeto que me increpaba y postulaba que yo estaba equivocado al señalar que el guitarrón chileno tiene 25 cuerdas, pues leyó que poseía 21, yo con guitarrón en mano y siendo guitarronero (la ignorancia es osada).
Una recopiladora algún día me dijo que yo payaba muy bien, sin haberme jamás escuchado hacerlo y confundiendo la paya (improvisación dialogada entre dos cantores) con el canto de versos a lo poeta (de memoria).
Y así, los que se adjudican la calidad de focos de luz y saber, hablan de folclore poético, de adivinanzas, de coplas, de versos, de la décima, sin tener gran idea de cómo crearlas, de cómo se usan, de cómo se glosan; pero dictando cátedra de ellas y cayendo en el extremo del ego al citar sus propias obras en sus exposiciones, faltando el respeto a un informante que entregó un material y al que ni siquiera se le nombra.
Ignorando y pasando por alto el nombre de quien ejerce este arte, el poeta popular.
Parece ser para ellos una suerte de heroísmo el quedarse con una creación ajena y presentarla al mundo como “rescatada”, cuando muchas veces están sacando algo a la luz que ya es parte de la tradición hace décadas.
Como dicen por ahí, descubriendo América en el mapa.
Me gustaría trabajar a la par con ellos, sé que llegar al campo y enfrentarse a un maestro de antigua ley pasada no es fácil, entender su lenguaje, la intención e intensión detrás de lo que expresa, cree y siente; pero tampoco se me han acercado muchos individuos provenientes de ese mundo a preguntarme sobre lo que hago o de quienes (más capacitados que yo, por cierto) poder aprenderlo.
Paradojalmente, el mundo de la academia pone en riesgo aquello que en la palabra y discurso busca preservar.
Me sigue dando vueltas una reflexión final.
¿Sabrán los elefantes que fueron así bautizados por los humanos? 

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