Dime por qué cuentas y te diré quién eres

Escrito por Germán Jaramillo Duque el . Publicado en Columnas
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Uno de los temas puestos sobre la mesa cuando se habla de narración oral es el profesionalismo, pero referido en términos de cuántos, que es el concepto principal de la contemporaneidad, caracterizada por la supremacía de la cantidad en detrimento de la calidad.
El concepto de profesionalización está concebido en términos como cuántos cuentos he contado, en cuántos festivales he participado, cuánto he cobrado de honorarios en cada uno de ellos, a cuántos talleres he asistido, en cuántos países he estado, a cuántas personas he impartido talleres, y en la magnitud de los auditorios ante los cuales he contado, sin importar si existe diferencia en la percepción del mensaje entre un oyente que comparte un relato en un auditorio de formato tradicional de teatro y un oyente, o asistente, para decirlo con más claridad, que acude a la convocatoria del mismo relato en un espacio diseñado para grandes algarabías, pues existen quienes se vanaglorian de haber contado para dos mil y tres mil personas, aunque no tengan idea de si sucedió o no algo en el fuero interno de cada oyente, porque el asunto no es, qué efecto produzco contando una historia, sino cuántos fueron a verme.
A pesar del tiempo que lleva la narración oral debatiéndose en los escenarios para conseguir carta de ciudadanía, o mayoría de edad, la ausencia de una visión y de una misión le han impedido contraer con la realidad, el compromiso, tradicionalmente asumido por quien algo tiene para decir sobre la circunstancia social del ser humano, y que es lo que genera relación entrañable entre un oficio y la sociedad, pues muchos de quienes fungen como narradores orales se esfuerzan más por conseguir el aplauso que por averiguar sobre las consecuencias de su mensaje.
En virtud de esta preocupación, en el mundillo de la narración oral la originalidad se ha debilitado, pues muchos de quienes prueban suerte en esta disciplina caen en la primera trampa cual es dar por sentada la infalibilidad de su mentor, y se dedican a copiar sus gestos, sus palabras y sus movimientos, convencidos de la efectividad de este procedimiento para subir al escenario por la puerta grande.
Este fenómeno del alumno, replicando los gestos, repitiendo las palabras y los movimientos del maestro se ve con mucha frecuencia, y ha llevado a crear estereotipos, o denominadores comunes, como el movimiento de las manos, con las cuales no siempre se consigue complementar el discurso, porque es un movimiento espurio.
Aparte la ausencia de originalidad, en el mundo de la narración oral intervienen elementos viciados por el ánimo de la competición, como la búsqueda de la complacencia del oyente a través del chiste, o de ejercicios como la animación grupal y la práctica excesiva y obsesiva de expresiones lúdicas, etc. Esto sucede, cuando el objetivo del narrador oral está lejos de establecer una comunicación con el oyente, y por lo cual crea una relación de subordinación y dependencia en la que él impone las condiciones.
Dime porqué cuentas es una pregunta necesaria para definir, no solo quién eres como narrador oral, si solo un repetidor de cuentos, sin objetivos, un distractor no consciente, un engatusado con el despliegue publicitario de esta disciplina, o un individuo, convencido de que en el acto de narrar, sin importar las veces que lo hagas, ni el número de asistentes, ni el dinero que te paguen por hacerlo, el mayor reto es conseguir que quien te escucha termine estimulado por preguntas y recuerdos.
No queremos decir en ningún momento que las preocupaciones económicas del narrador oral sean profanas, ni mucho menos su deseo de ser aplaudido. Decimos es que, en el nombre de estos dos objetivos, quien cuenta una historia no debe volver subalterno a quien le escucha, e impedirle la recepción de un mensaje capaz de llevarlo a recordar, a comprender y a replantear la realidad.
El narrador oral tiene un compromiso social. ¿Has definido el tuyo? 

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