Don Nicanor Parra

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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Don Nicanor Segundo Parra Sandoval se ha ido de este plano material. Este 23 de Enero hemos perdido a un grande.
Sin declararme fanático de su obra y confesando que en muchas ocasiones apenas logro entender lo que quieren expresar, tengo claro que Don Nicanor Parra es uno de los más prolíficos, mordaz y directo de los poetas (o antipoeta, según el buscaba ser denominado) de nuestro país, del continente y, aventurándome a ser criticado, de occidente.
Mucho se habló de su vida, su obra, su familia durante esta semana. Hordas de periodistas visitaron su casa en el balneario de Las Cruces para hacer alguna cuña, conversar con algún curioso, algún visitante o simplemente especular con el hogar del Sr. Parra de fondo.
Poco se conocía su obra en realidad. La mayoría de los corresponsales que vi en televisión declaraba honestamente no conocer sus escritos y con suerte podían citar algunos de sus libros, solo como anécdota o por lo vistoso de sus nombres.
Quizá, al día de hoy ya existe un conocimiento menos superficial de su estilo, pluma y letra, de sus artefactos literario/visuales, de sus aceradas cualidades, de su modo acerbo de ver la vida y, con ello, también la muerte.
Con Don Nicanor sucede que el acercamiento más grande a su obra que hubo en el país sucedió producto de cumplir un siglo de vida (falleció de ciento tres años), evento muy poco frecuente en la vida de un poeta. Usualmente bohemios, intensos y apasionados suelen regirse por la máxima de vive rápido y muere joven.
No obstante, a modo personal, creo que no se ha ponderado hasta la fecha el talento de este célebre creador en toda su magnitud.
Un poco por su apellido: Parra. Que para el común de la gente es garantía de algo inspirador, de calidad; aunque no necesariamente comprobado como fruto de la propia experiencia.
En parte también porque la difusión de sus escritos se ha abocado a aquellos que resultan menos complejos y por ello más accesibles. Los homenajes caen, usualmente en el cliché, haciendo versiones y re-versiones de “El Hombre Imaginario” como si este fuera el único escrito válido para comenzar a sumergirse en las letras de Don Nicanor Parra.
Somos demasiado inocentes para vislumbrar de donde venía toda esa irreverencia, esa dureza, esa capacidad creadora. Todo artista tiene una vida, con altos, bajos, vicisitudes, desafíos y conocer ciertos hitos en ella nos permitirá tener mejor posición para comprender el trasfondo de su legado.
La personalidad de Don Nicanor era de sumo compleja, parecía no relajarse. Siempre analizando lo que le rodeaba, dando vuelta los sucesos cotidianos, inventando palabras para lo que no podía ser rotulado, en fin, creando. Le conocí muy poco, aunque almorcé con él alguna vez en las Cruces, me subí a su destartalado escarabajo en cierta ocasión y conversamos sobre poesía popular en cierto encuentro casual donde, por fin, pude compartirle mis versos con el guitarrón. Es cierto que decía las cosas de frente, es cierto que era muy honesto y con un fuego inexplicable en la mirada que las fotos no logran capturar. Parecía estar viviendo la vida de nuevo, transmitía una gran resolución y control. Sabía manejar muy bien los matices sobre lo que era importante y lo que no, dosificando su humor en igual medida para ambos tipos de eventos.
Vi al humano, y la verdad, me quedo con él. De cuando en vez retomo sus libros y en cada ocasión que lo hago creo entenderlos de un distinto modo. No puedo asegurar que capte a cabalidad lo que su autor haya querido decir, pero tampoco voy a caer en el esnobismo de idolatrar a un personaje solo porque los medios deciden hacerlo, nuevamente, luego de que ha fallecido.
Me parece que Don Nicanor ha cumplido uno de sus objetivos, tal vez se está riendo donde quiera que esté, pues quienes quisiéramos descifrarlo tendremos que dejar pasar muchos años antes de lograr comprenderlo.
Por ahora nos conformamos solo con leer…

 

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