Se vendió al sistema

Escrito por Patricio Sancha el . Publicado en Columnas
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Esta expresión suele utilizarse de manera denostativa para quien ha renunciado a sus principios anti sistema y se ha metido en el mundo que le toca vivir, aceptando todas sus reglas, incluso aquellas alejadas de una escala de valores universalmente reconocidos como positivos.
¿Y por qué tanto escándalo? Tarde o temprano, a menos que seamos monjes de reclusión, de quienes tengo ciertas dudas sobre su sanidad mental, todos, todos terminamos de una u otra manera vendiéndonos a algo o a alguien por un precio.
Quizás no en el sentido monetario pero si en lo que se refiere a una renuncia en pos de un objetivo. Entregamos para obtener un cierto beneficio personal.
Todo el tiempo estamos vendiéndonos, desde un adolescente en plan de conquista que mejora o adecua su aspecto para caerle en gracia a quien pueda ser su objetivo hasta un empresario al exponer las ventajas comparativas de su empresa para ganar una licitación pública, pasando por un niño que se come toda la comida para lograr el juguete prometido, todos vivimos vendiéndonos. A veces incluso llegando a ciertos recursos que bien podrían ser catalogados como publicidad engañosa.
Cuando nos emparejamos ¿no estamos acaso renunciando a nuestra libertad personal para dejar de ser individuos y transformarnos en solo una parte de una familia mayor?
En vez de pensar en que el hecho de venderse es negativo, tal vez sea más adecuado que la variable a considerar es cuanto es el precio que se paga o se está dispuesto a aceptar por entregarnos.
Aunque suene incluso canallesco, todo tiene un precio, incluso la traición. De ser puestos en una situación límite en que se viese comprometida la integridad de uno de nuestros afectos, no me cabe la menor duda que muchos de nosotros reaccionaríamos incluso en contra de nuestros principios.
El vivir en sociedad implica muchas renuncias y adaptaciones, a menos que seamos el dictador de turno.
Quien fue joven y no quiso de una u otra manera cambiar al mundo, no fue joven pero con el paso de los años, el espíritu revolucionario se va adaptando al sistema, termina vendiéndose.
¿Juicio lapidario?
En la soledad del silencio podemos cerrar los ojos para retroceder en el tiempo y evaluar a cuantos de nuestros sueños de juventud hemos renunciado al vernos enfrentados a la vida, ni cruel ni malvada, simplemente la vida.
¿Nos vendimos al hecho de madurar según los canones de comportamiento establecidos?
¿Nos vendimos al horario de 9 a 6?
¿Nos vendimos al esquema de pareja con hijos?
¿Nos vendimos a la rutina de un trabajo que posiblemente no nos guste?
Aunque las respuestas pudiesen parecer una bofetada a lo que ciegamente queremos creer, no es un juicio, es una constatación.
Ya que no debemos justificarnos ante nadie, retomemos esos sueños revolucionarios de juventud. Aunque la pasión ya no pueda ser la misma porque a la mañana siguiente debemos llevar a nuestros hijos al colegio, algo se podrá hacer.
Y por último, si definitivamente nos vendemos, que sea a un alto precio para financiar un día nuestro retorno a la libertad.
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