Instituto nacional

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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Hace algunas semanas uno de mis colegas más queridos en el mundo de la música, Claudio Hernán Púa Reyes, me invitó a ser parte de un proyecto de reciente puesta en funcionamiento; al cual fui convocado en mi calidad de intérprete de viola (instrumento de cuerdas similar al violín, pero de mayor tamaño y dotado de cuerdas más graves que éste).
Fue una grata sorpresa el haber sido contemplado para formar parte de ese equipo, ya que mis primeras notas, tímidas, desafinadas y algo enjutas vieron la luz justamente en el lugar que nos reuniría y que, en mi caso, había estado fuera del mapa por algunos años: el Instituto Nacional General José Miguel Carrera.
Me dirigí al centro de Santiago, zona que actualmente frecuento muy poco, con mi instrumento al hombro.
Al recordar situaciones, amistades, noviazgos y otras tantas cosas de adolescencia surgieron en mi mente muchas reflexiones. En realidad mi vida ha cambiado bastante desde aquellos años, quince para ser exacto, en que dejé de ser un escolar y salí al mundo en busca de un destino sin uniforme, corbata o insignia en el pecho.
Empecé a encontrar tiendas nuevas, edificios que de repente brotaron, colores distintos, texturas diferentes.
Tal vez mis sentidos estaban más alerta que de costumbre y por ello todo parecía ante mí un mundo nuevo y desconocido.
Llegué, por fin, a ese edificio imponente aunque algo sombrío donde pasé un total de seis de los doce juegos como diría Jorge González de los Prisioneros. Di mis señas en portería e ingresé a zonas del establecimiento que antes no estaban habilitadas y resultaban un morboso misterio. Misterio que provocaba en algunos camaradas un brote de espíritu aventurero indomable, avalado por el creciente status que otorgaba el llegar contando sobre las exploraciones realizadas en territorio ignoto a otros habitantes del cúbico universo denominado sala. Pude comprobar que algunos de esos testimonios concomitaban con la más pura ficción y también salir de dudas que habían permanecido en mi imaginario por más de una década.
Tristeza me causó observar que, en cambio, otros lugares que nos albergaban normalmente se encuentran en la actualidad clausurados, como el zócalo y, más lamentable, el mítico patio del cuarto piso, el Calama, anfitrión de varios encuentros futbolísticos memorables.
Luego vino la coordinación, el ensayo, el disfrute de estar tocando de nuevo.
Así pasaron algunas horas hasta que llegó el pequeño recreo para el café. Para ello debíamos recorrer casi la mitad del inmueble, con rumbo a una de las salas del sexto piso. En el camino, junto a Cristóbal, Joaquín e Israel; tres violinistas más jóvenes que yo, de gran talento, observábamos la vestimenta de los que ahora son alumnos del colegio. Sus actitudes, su vocabulario, su comportamiento en el recreo.
Tal vez por estar, efectivamente, más maduros (o menos jóvenes si se quiere) o por el efecto de nuestra memoria selectiva; nos encontramos en cierto momento armando un discurso profundamente amargo y que, cuando éramos alumnos, odiábamos en profundidad… “En mis tiempos…”, “Mira como andan vestidos..”, “¿Viste el pelo de ese?”, “Ahora los dejan andar como quieran”.
La verdad es que se trata de un colegio bastante curioso en muchos sentidos.
Más de doscientos años de educar solo a varones, un trabajo consistente y sutil que hace sentirse especial a quien acude a sus aulas, un sentido de pertenencia y de cofradía muy poco frecuente entre egresados de otras entidades educativas, en definitiva, un cariño único e inigualable a esa comunidad docente.
Lo comentamos, de hecho, el edificio está distinto, pero a la vez igual. Hay cambios cosméticos que no impiden que quien alguna vez estuvo allí pueda transitar por sus pasillos con propiedad y empoderamiento. Mi experiencia fue, en cierto modo, la misma que se experimenta al volver a casa luego de unas largas vacaciones.
Mi amiga poeta y proyecto de arquitecta, Camila Sullivan, quien también estudió en un liceo municipal, me preguntaba: “¿Qué lavado de cerebro hacen en esos colegios para que uno les tenga tanto cariño?”
Siendo brutalmente honesto no tengo idea, tampoco me di cuenta de como o cuando sucedió. Siempre añoré el momento del último día de clases, de recibir mis documentos, mi licenciatura y no volver jamás a lo que otrora consideraba un centro de tortura despiadado. No obstante, hoy, muy disímil es la perspectiva.
¿Será verdad eso de que todo tiempo pasado fue mejor?
 

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