Adónde me llevas humor

Escrito por Germán Jaramillo Duque el . Publicado en Columnas
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La expresión humor es entendida como un recurso destinado solo a dar entretenimiento. Dicha definición no incluye el esfuerzo del pensamiento como uno de los ejercicios al cual debe acudir el receptor para comprender la esencia del hecho provocador de la risa, y por eso entendemos al humorista como un individuo cuya única responsabilidad es divertir y hacer reír al público hasta convertir su oficio en un espacio dentro del cual se fragua el olvido de la circunstancia social.
El humorismo, entendido así, se ha vuelto popular y cada día aumenta el número de sus pretendientes, y por eso, quien sube a escena lo hace convencido de su habilidad para redimir a sus espectadores de todas sus angustias, sin fastidiar a nadie convidando a pensar, con la solución de acertijos.
Esta definición no implica responsabilidades adicionales de quien ejerce el oficio más allá de la de distraer a su público, y por ello quien decide hacer humor se aleja cada vez más de la naturaleza del mismo cual es la confrontación de la realidad a través de esa forma tan digestiva como es la risa, y toma la parte más vulgar de la cotidianeidad como argumento central de su discurso, quizás sin sospechar su participación cómplice en la construcción de un envilecedor proceso dirigido a la manipulación, ayudando a trazar el camino hacia la aceptación de lo establecido, cada vez que convierte en motivo de risa cualquier episodio de la vida diaria.
A esta tendencia del humor de divertir y de distanciar al público de preguntas acerca de la realidad se opone el llamado humor político, cuyo objetivo es competir con ese humor de estimulación a la aceptación de la realidad imperante, intentando, también, a través de la convocatoria de la risa llamar la atención del público sobre situaciones que el otro humor, el doméstico, el que poco estudio previo tiene, oculta, haciendo de la risa un acto mecánico, al punto de que quien ríe no está en condiciones de explicar el porqué de su risa, pues ya existen espacios promovidos para reír sin parar, y quienes acuden a ellos llegan riendo como si estuviesen preparando su conciencia para un ritual.
El humor, bajo este estilo es una estrategia para confundir el origen de los problemas y desviar toda posibilidad de respuesta concreta a ellos, porque sus argumentos están ligados a situaciones individuales, dejando exentas de toda responsabilidad a las estructuras y con lo cual el receptor del apunte jocoso sale del espectáculo convencido de que la solución a un problema social es el reemplazo de un individuo por otro, y no el cambio de una estructura. El humor, desde este punto de vista es un protector del statu quo y por esa razón toda actividad escénica actual tiende a caer en lo mismo, porque la opinión de que sin humor no hay éxito está generalizada entre quienes desarrollan cualquiera actividad escénica.
Ahora podemos comprender la razón por la cual en el mundillo de la narración oral la práctica del humor por el humor se ha vuelto una tendencia, que ha llevado a muchos de quienes ejercen este oficio, tan necesario para mantener la cohesión social, a convertirlo en una estrategia para mantener distraído al público.
El humor, como la música, ingresa ideología en el inconsciente del individuo, de manera subrepticia, y por lo cual es tan utilizado por los medios de manipulación tradicionalmente denominados medios de comunicación.
La risa es ya una nueva doctrina, con capacidad para crear un tribunal de la inquisición y juzgar a quienes no la adoren.
Ya no es coherente decir “pienso, luego existo”. Ahora es: Río, luego existo.

 

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