Algo sobre narración oral

Escrito por Germán Jaramillo Duque el . Publicado en Columnas
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La narración oral está cobrando un impacto comparado con el que produjo el teatro en las décadas del sesenta y setenta, cuando éste se creía así mismo portador de la responsabilidad moral de salvar al mundo de la crisis de identidad que estaba viviendo, y que se me antoja definir como la antesala de la globalización. Una vasta audiencia iba a la sala a recoger los recados que cada una de las representaciones le tenía acerca de cómo le estaban constriñendo la vida y de cómo la estaban preparando para aceptar, sin reclamos, ideas forzadas acerca del fin de las ideologías y de la historia.
La narración oral, que no es una actividad nueva, pero que a veces lo parece por la cantidad de nombres que soporta (contador de historias, cuentacuentos, narrador oral, cuentero, etc), por estar en boga es cortejada por un número cada vez mayor de personas que provienen del teatro, y ha mejorado, al amparo de esta circunstancia, su aceptación social, convirtiéndose en otro medio artístico apto para ascender socialmente. Y esta notoriedad también la ha vuelto un objeto de discusión debido a las vertientes que ha tomado, y a las técnicas que algunas de ellas aplican, prestadas, tal vez sin permiso, a las artes escénicas, porque no reconocen su utilización como tal.
Esta (llamémosla nueva disciplina artística) es considerada por algunos como un vehículo de emergencia comunicativa, de gran utilidad para salirle al paso a las sugestivas formas de comunicación contemporánea, que dan la impresión de estar democratizando el conocimiento, pero que en realidad están abriendo subrepticiamente un camino para neutralizar todo cuanto existe de deliberante en el ser humano y uniformar el pensamiento, la opinión, el deseo, etc, y es asumida por quienes han ido trazando bajo su protección una vía paralela al teatro, como una reivindicación de las artes escénicas, auspiciados por sus condiciones especiales de movilidad y volumen, pues el elemento principal, que es la voz, la lleva puesta el que cuenta, y no requiere, además, de dispendiosos montajes escénicos.
La eclosión de ésta como movimiento data de unos cinco lustros y debe su origen a gestores y promotores de eventos relacionados con la oralidad, que tuvieron la idea de abrir espacios de reflexión de lo vivido, con el pretexto de recaudar los últimos recuerdos de nuestras sociedades con severas huellas agrarias, y rescatar la historia oculta, cuyo pronunciamiento perdió fuerza con la supresión paulatina del hábito de la conversación. La intención inicial de este movimiento era restablecer los canales de la conversación, para evitar que la gente siguiera perdiendo la memoria de su origen. Tuvo la consecuencia mágica de revivir el deseo de recordar, y estaba comprobando las ventajas de la comunión de la memoria colectiva, cuando la interceptaron quienes se dedican a tecnificarlo todo, la tomaron de los sobacos, y sin su consentimiento la treparon al escenario, convencidos de que si ésta permanecía muy cerca del oyente, y seguía el estilo de las conversaciones tradicionales de poblados y aldeas, que son los minúsculos espacios urbanos en donde la gente aún consigue conversar, jamás adquiriría el valor ideológico de la supremacía que da mantener la distancia con el público, y que es lo que en últimas buscan quienes usan el arte para mejorar su escalafón.
Después de todo esto, la propagación de la actividad bautizada con los diversos nombres de narración oral, cuentacuentos, contadores de historias, cuenteros, etc, tuvo más razones emotivas que funcionales, porque dada su popularidad, y por extensión su utilidad para descollar en el mundo del espectáculo, nadie quiso (ni quiere) estar fuera de ella. Y digo esto, no con el ánimo de crear una nueva controversia, aunque no puedo negar que me gusta la furrusca, porque entretiene y ayuda a sobrellevar las dificultades de un mundo en crisis, sino porque me parece lamentable que las sociedades no usen adecuadamente las opciones de reflexión y recomposición que logran salvar de sus naufragios.
¿Quiere la narración oral, llámese como se llame, escénica, de plaza, de alcoba, de locutorio, de confesionario, etc, abandonar el sello de farándula que la caracteriza, y trazar un nuevo camino repasando las huellas testimoniales del teatro? Si eso desea, no hay ningún problema en que continúe subida en el escenario, si es que así se siente mejor y más segura, pero sin olvidar que en la platea hay gente que ha acudido llamada por la promesa de que le van a dar un recado que le ha enviado la vida.
La narración oral está cobrando un impacto comparado con el que produjo el teatro en las décadas del sesenta y setenta, cuando éste se creía así mismo portador de la responsabilidad moral de salvar al mundo de la crisis de identidad que estaba viviendo, y que se me antoja definir como la antesala de la globalización. Una vasta audiencia iba a la sala a recoger los recados que cada una de las representaciones le tenía acerca de cómo le estaban constriñendo la vida y de cómo la estaban preparando para aceptar, sin reclamos, ideas forzadas acerca del fin de las ideologías y de la historia.
La narración oral, que no es una actividad nueva, pero que a veces lo parece por la cantidad de nombres que soporta (contador de historias, cuentacuentos, narrador oral, cuentero, etc), por estar en boga es cortejada por un número cada vez mayor de personas que provienen del teatro, y ha mejorado, al amparo de esta circunstancia, su aceptación social, convirtiéndose en otro medio artístico apto para ascender socialmente. Y esta notoriedad también la ha vuelto un objeto de discusión debido a las vertientes que ha tomado, y a las técnicas que algunas de ellas aplican, prestadas, tal vez sin permiso, a las artes escénicas, porque no reconocen su utilización como tal.
Esta (llamémosla nueva disciplina artística) es considerada por algunos como un vehículo de emergencia comunicativa, de gran utilidad para salirle al paso a las sugestivas formas de comunicación contemporánea, que dan la impresión de estar democratizando el conocimiento, pero que en realidad están abriendo subrepticiamente un camino para neutralizar todo cuanto existe de deliberante en el ser humano y uniformar el pensamiento, la opinión, el deseo, etc, y es asumida por quienes han ido trazando bajo su protección una vía paralela al teatro, como una reivindicación de las artes escénicas, auspiciados por sus condiciones especiales de movilidad y volumen, pues el elemento principal, que es la voz, la lleva puesta el que cuenta, y no requiere, además, de dispendiosos montajes escénicos.
La eclosión de ésta como movimiento data de unos cinco lustros y debe su origen a gestores y promotores de eventos relacionados con la oralidad, que tuvieron la idea de abrir espacios de reflexión de lo vivido, con el pretexto de recaudar los últimos recuerdos de nuestras sociedades con severas huellas agrarias, y rescatar la historia oculta, cuyo pronunciamiento perdió fuerza con la supresión paulatina del hábito de la conversación. La intención inicial de este movimiento era restablecer los canales de la conversación, para evitar que la gente siguiera perdiendo la memoria de su origen. Tuvo la consecuencia mágica de revivir el deseo de recordar, y estaba comprobando las ventajas de la comunión de la memoria colectiva, cuando la interceptaron quienes se dedican a tecnificarlo todo, la tomaron de los sobacos, y sin su consentimiento la treparon al escenario, convencidos de que si ésta permanecía muy cerca del oyente, y seguía el estilo de las conversaciones tradicionales de poblados y aldeas, que son los minúsculos espacios urbanos en donde la gente aún consigue conversar, jamás adquiriría el valor ideológico de la supremacía que da mantener la distancia con el público, y que es lo que en últimas buscan quienes usan el arte para mejorar su escalafón.
Después de todo esto, la propagación de la actividad bautizada con los diversos nombres de narración oral, cuentacuentos, contadores de historias, cuenteros, etc, tuvo más razones emotivas que funcionales, porque dada su popularidad, y por extensión su utilidad para descollar en el mundo del espectáculo, nadie quiso (ni quiere) estar fuera de ella. Y digo esto, no con el ánimo de crear una nueva controversia, aunque no puedo negar que me gusta la furrusca, porque entretiene y ayuda a sobrellevar las dificultades de un mundo en crisis, sino porque me parece lamentable que las sociedades no usen adecuadamente las opciones de reflexión y recomposición que logran salvar de sus naufragios.
¿Quiere la narración oral, llámese como se llame, escénica, de plaza, de alcoba, de locutorio, de confesionario, etc, abandonar el sello de farándula que la caracteriza, y trazar un nuevo camino repasando las huellas testimoniales del teatro? Si eso desea, no hay ningún problema en que continúe subida en el escenario, si es que así se siente mejor y más segura, pero sin olvidar que en la platea hay gente que ha acudido llamada por la promesa de que le van a dar un recado que le ha enviado la vida.   

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