Con la camiseta puesta

Escrito por Patricio Sancha el . Publicado en Columnas
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De vez en cuando me gusta tomar desayuno en algún puesto de la calle, mientras más precario mejor. No es que sea un apasionado del minimalismo o me esté tratando dr suicidar por una condición anti higiénica extrema, sino que me gusta escuchar esas conversaciones simples del día a día al alero de una taza de café hirviendo con suficiente cafeína como para despertar a un muerto y un sándwich repleto de colesterol como para volver al muerto a su condición natural.
¿Y entonces por qué no leer un periódico o ver algún noticiero televisivo? Sería más higiénico. Higiénico, pero no veraz. Las noticias en los medios de comunicación masivos responden a sus líneas editoriales siempre estrictamente vinculadas con los intereses de quien use la información para su propio beneficio, pero la voz de la calle responde a la realidad. Claro está que las razones por las cuales existe la realidad son las que, influenciados por los medios, los comensales torpemente tratan de explicar entre la mayonesa del sándwich y un poco más de azúcar para el café.
-Si ya no es como antes. Ya no se puede ir al estadio tranquilo. Ya no hay hinchas de verdad, solo delincuentes.
-Ni hablar de andar con la camiseta puesta. Si se cruza con un grupo del equipo adversario, capaz que lo maten.
-Es que la policía no hace nada.
-No, si los agarran, pero son los jueces los que después los sueltan.
-Si seguimos así no sé adónde vamos a llegar.
La conclusión consensuada jamás llega, por lo demás sería iluso que así fuese.
El ser humano necesita sentirse parte de un grupo. Y el ponerse la camiseta no es más que identificarse con ese grupo reunido por un interés común.
Creo que la explicación para tanta violencia ligada a supuestos espectáculos deportivos, a instancias de sana diversión, estaría en las razones que llevaron al individuo racional a transformarse en masa irracional.
Desde que el simio bajó del árbol para transformarse en cazador nómade y luego en agricultor productor sedentario, ha buscado agruparse para multiplicar fuerzas y obtener ventajas comparativas que le serían imposibles como individuo. No cabe duda que, al vivir aislado de la sociedad, basta con alguna situación extraordinaria como la de una enfermedad, para darse cuenta de las ventajas de vivir en grupo y tener acceso a un hospital.
¿Pero qué ventaja podría obtener un adolescente al pertenecer a una de las llamadas barras bravas?
La soledad es una poderosa fuerza capaz de impulsar decisiones no siempre óptimas. Del lado obscuro de la fuerza, no son muy positivos los posibles resultados.
La soledad de la juventud, sobre todo en las grandes urbes, es abismante.
Por satisfacer las necesidades de la supuesta familia, los padres no tienen el tiempo necesario como para compartir con sus hijos, y cuando lo tienen, lo usan tratando de disipar la fatiga o simplemente evadirse de una realidad no deseada. El nuevo modelo de familia de los tuyos, los míos y los nuestros, dista micho de un núcleo familiar donde las partes apoyan al todo y el todo es reflejo de sus partes.
Al sentirse el adolescente sin familia, sin grupo de pertenencia, busca entre sus pares tan desorientados como el mismo.
¿De qué nos extrañamos entonces?
Los antiguos modelos de familia con abuelos como ejemplo de sabiduría a seguir, hoy tienen abuelos tomando viagra y abuelas con tetas operadas más firmes que las de sus hijas.
Si la abuela se pone la camiseta será muy ajustada para exhibir la inversión y el abuelo solo querrá sacársela.
Son pocos o quizás ninguno el que actualmente tiene la camiseta puesta por un fin más allá de un egoísta interés propio.
El péndulo de la vida siempre ha oscilado entre extremos y esperemos que ya venga de vuelta para llegar a un punto de justo equilibrio.
 

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