La biblia del pueblo

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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Este año ha estado marcado, en lo personal y profesional, por el desafío y la responsabilidad que tomé de transmitir y compartir los conocimientos que manejo del Canto a lo Poeta. Aunque antiguamente un campo y una manifestación artística heredada de generación a generación dentro de una familia, hoy existen muchos nuevos ejecutantes, estudiosos y admiradores que se aproximan a la poesía popular y los distintos modos que existen de darle forma.
Antiguos cultores me han planteado con preocupación el que los auto-denominados cantores, guitarroneros, guitarreros y poetas brotan como la mala hierba y en un número inmanejable, planteando como un problema el que existan tantos y tan poco dedicados a aprender, entender y respetar este patrimonio. Según muchos de ellos el nivel del Canto a lo Poeta está bajando drásticamente, se confunden los funda’os, de cantan mal las melodías y se pasa por encima de los protocolos en las ruedas.
Otros tantos ven la incorporación de nuevos ejecutantes como algo positivo, bajo la premisa de que quien no sabe en algún momento aprenderá o, por lo menos, mantendrá estas tradiciones del pueblo en vitrina y, a futuro, se transformará en un referente en el área.
Casi hay tantas opiniones como cantores hay, sin duda.
Me parece, de cualquier modo, que el punto de convergencia de todas ellas; ya sea positivas o negativas, con respecto a la masificación de la formación y aparición de intérpretes del canto (no siempre se puede hablar de cantores y, a esta altura, el concepto de cultor parece inalcanzable para alguien sin maestro, ni familia dedicada al, efectivo, cultivo de estas artes) se remontan a mediados de los años 70, cuando el Padre Miguel Jordá Sureda editara una serie de libros conformados por versos entregados de primera mano por cultores de varias locaciones de Chile central, o bien recopilados por él mismo, de los cuales el más célebre y consultado es “La Biblia del Pueblo”.
Para muchos resulta una obra que despierta anticuerpos, ya que puso al alcance de personas no ilustradas en los secretos del canto un saber que requiere el traspaso profundo de ciertas metodologías, protocolos y métodos que, de ser pasados por alto, causarían graves tergiversaciones del espíritu y forma del Canto a lo Poeta. Para otros, en cambio, resulta plausible que haya tomado tantas horas de su tiempo en recorrer, recopilar y transcribir tal material y ponerlo al alcance de quien mostrase interés de forma gratuita.
Y es cierto, muchos cantores o candidatos a serlo tienen un repertorio de versos extraídos exclusivamente de este tipo de textos, sin haber creado jamás uno propio, pero recordemos que eso también sucedía en la antigüedad; con la salvedad de que el soporte no era el papel; sino la tradición oral. Walter Ong dijo en algún momento que la tradición oral es homeostática, es decir, decide sin proponérselo que piezas sobreviven y cuales no, simplemente por su riqueza estética y estilística, por su aproximación con lo concreto y otra serie de características que hacen que su memorización sea más fácil que la de otro fragmento con igual formato.
Se ha fomentado también el cantar acompañado de un atril o de un cuaderno en mano, cuando en tiempos los ancestros de los maestros actuales esto era visto como una aberración y una carencia oficio. Algo similar ocurre con las melodías, aprendidas a medias o con variaciones distantes a lo que originalmente debía retener y saber reproducir un cantor para poder llamarse tal.
No obstante, no es culpa del libro ni del disco, sino de quien lo emplea como herramienta. El problema no es que estas fuentes de sabiduría estén, hoy, a la mano e incluso sean parte del mundo digital. Cada quien puede utilizarlas del modo que le parezca conveniente y construir con ello lo que sea pertinente. Otra cosa muy distinta es que el ego haga a alguien que con suerte se sabe una melodía, un toquío y un par de décimas o pies de verso sueltos soltarle al mundo que es un cantor autorizado o ande desafiando a medio mundo sin haber trabajado para merecer ello.
Claro está que no todo el mundo se toma con el mismo respeto y dedicación el oficio y, como en toda área, siempre habrá personajes funestos que se dan la licencia de hacer clases en un tema que desconocen o manoseen un concepto que suena lindo o está de moda con tal de devengar llenar sus bolsillos con algo que no es más que eso para ellos: una manera de hacer dinero.
Propongo, y creo fervientemente, que la clave para honrar a los antiguos, al Canto a lo Poeta mismo y cimentar un buen futuro para nuestras tradiciones es buscar un buen maestro (concepto también algo denostado hoy por hoy), en primer lugar. Saber que siempre se estará aprendiendo, hacer, trabajar y empeñarse en cumplir los desafíos que esa figura de amistad, autoridad y sabiduría nos proponga y, como colofón del proceso, crear.
Quedan, por último, dos tareas. Educar al “público” para no dejarse engañar por cualquier farsante fantoche y dar y mostrar lo mejor de sí desde la honestidad, es decir, ser consciente de las propias habilidades y del lugar que uno ostenta en la jerarquía completa que tiene el Canto a lo Pueta.
Allí radica la dificultad principal, ya que, aunque hay muchos manuales técnicos para ser mejor poeta; hasta la fecha, nadie ha escrito un manual de ética auto-ayuda, que permita enfrentar al ego y sus tentaciones.
 

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