Comparar es perder

Escrito por Patricio Sancha el . Publicado en Columnas
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Confieso de cierta manera culposa el hecho de que en mis últimas discusiones de pareja tarde o temprano, por lo general más temprano que tarde, he utilizado inconscientemente las odiosas comparaciones como para fortalecer una débil posición en el momentáneo conflicto. Pero no soy el único, irremediablemente llega el momento en que el bando opuesto se vale de las mismas armas.
Después de la acalorada disputa, en la cual, cuando las turbulentas aguas por fin se han aquietado después de la desordenada tempestad, da lo mismo quien de los dos fue el primero en perder la objetividad argumental. Lo único cierto es que tanto ella como yo hemos utilizado las comparaciones como un mal recurso destinado a aplastar a quien se ha convertido en un oponente por vencer a como dé lugar. Lo comparamos con otra persona de quien obviamente resaltamos solo aspectos útiles para nuestra causa, sus características positivas y dejamos de lado decenas de aspectos negativos, los cuales fácilmente podrían significarnos una derrota.
Y al final; ¿Quién gana? ¡Nadie!
Los dos fuimos derrotados por la obstinación ciega de no querer dar nuestro brazo a torcer, de ganar a como dé lugar sin importarnos los daños colaterales.
"Retroceder nunca, rendirse jamás".
Sin duda esas comparaciones, por supuesto sesgadas y evidentemente exageradas, siempre provocan heridas que tardan un tiempo indeterminado en cicatrizar, eso si es que cicatrizan algún día, pero dejando marcas de por vida, las cuales volverán a abrirse, y con más dolor en la siguiente discusión.
Toda comparación es parcial ya que son el blanco que resaltamos hasta sublimarlo y el negro lo obviamos hasta hacerlo desaparecer, dos aspectos opuestos que se mezclan en diferentes proporciones para determinar el gris que en definitiva somos todos.
Comparar es perder; es perder objetividad en los argumentos y por lo tanto invalidar cualquier tipo de pretendido razonamiento, es perder la posibilidad de llegar a una media conciliadora entre el yo, el tú y en definitiva un nosotros, es perder la credibilidad de nuestra posición, es perder el conocerse más. En definitiva, solo ha sido, es y será perder.
Los sentimientos no aceptan comparaciones odiosas, simplemente son.
En una sana relación de pareja, nadie ama ni más, ni menos, ni mejor o peor que el otro. Cada uno ama de forma diferente. En definitiva, todos y cada uno de nosotros tenemos la capacidad de amar y por sobre todo, la necesidad imperiosa de ser amado.
Siempre podremos comparar aspectos físicos como la estatura, la talla, la edad o el peso, pero jamás los aspectos psicológicos que influyen en el comportamiento. Son demasiadas las variables involucradas como para tener siquiera un atisbo de verdad.
Destino, compatibilidad, química, misterio... no hay por qué destruirlo con las comparaciones estériles entre lo que es y lo que deseamos que sea.
La disyuntiva del vaso medio lleno o medio vacío, no existe porque siempre estará lleno de un líquido y lo que solemos ver como un vacío, no solo está lleno de aire, sino que rebalsa.
Comparar es voltear el vaso. Simplemente vivir, es llenarlo, y llenarlo, y llenarlo...
 

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