Somos hijos de los libros que leemos

Escrito por Javier Stanziola el . Publicado en Columnas
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Tomado de casiliteral.com

Por cuestiones de tradiciones y eficiencia le otorgamos a los maestros la tarea de seleccionar gran parte de la literatura que amamanta a nuestros hijos. Por su parte, estos maestros tienden a escoger libros incluidos en listas oficiales elaboradas por oficiosos comités en jefaturas grises de decenas de ministerios de educación alrededor del mundo.

Teñidas por las coimas de los bolsillos de las editoriales o motivadas por parámetros ideológicos, estas listas tienden a cumplir un fin utilitario. En Estados Unidos, por muchos años, Matar un ruiseñor y El guardián entre el centeno eran lecturas obligadas para que los adolescentes aprendieran sobre la convivencia desde la diversidad racial, sin dejar de rendir culto al ser más importante de cada estadounidense: el incontrolable yo.

En Panamá yo crecí viendo telenovelas protagonizadas por Lupita Ferrer y leyendo literatura nacionalista. Cada verso memorizado de Al cerro Ancón, de Amelia Denis de Icaza, y cada página triste de las novelas de Joaquín Beleño, ayudaban a reducir ambigüedades. La literatura se servía en las escuelas cual biberón tibio que en vez de matar hambre aumentaba la imperiosa ansiedad de lograr que regresara a manos panameñas el estrecho de tierra alrededor del Canal que había sido comprado, quizá robado, por los estadounidenses a los oligarcas criollos de 1903.

Lograda la causa, la literatura impuesta en las escuelas de las últimas dos décadas ha dejado atrás las luchas nacionalistas. En su lugar, la lista ha sido invadida por mitos tontos sobre la sexualidad y panfletos anodinos de autoayuda; en algunos casos, esto es el resultado de la muy bien coordinada mano peluda de alguna editorial que ayuda a que los libros de Carlos Cuauhtémoc Sánchez sean lectura obligada para jóvenes, sin importar el alto coste de oportunidad intelectual para el país.

Pero es el creciente conservadurismo social y económico lo que realmente explica las nuevas imposiciones literarias. Pareciera que para ser parte de la sagrada lista se requiere que el último capítulo del libro incluya una moraleja que alimente como biberón la creencia de que la desigualdad económica es producto de la terca pereza de algunos y el encomiable esfuerzo de otros. Los personajes principales de los libros escogidos deben epitomizar la reconfortante promesa de que si trabajas duro, conseguirás todos tus sueños. Y es de rigor que el personaje sabio del texto aconseje a los jóvenes a que sean ellos mismos, pero solo si ese ellos mismos ayuda a pagar la hipoteca; porque si ese ellos mismos quiere cambiar el sistema, hay que recordarles que calladitos se ven más bonitos.

Es este conservadurismo el que explica por qué novelas aplacadoras de autores como Rose Marie Tapia, la Cuauhtémoc panameña, son presencia obligada igual que la Biblia en casi todos los hogares panameños con hijos en escuelas secundaria.

Porque no es por falta de buena literatura. Panamá, liberada del nacionalismo idiotizante, atraviesa un periodo de evolución literaria que dentro de algunas décadas se reconocerá como una época dorada. Poetas como Lucy Cristina Chau, cuentistas como Pedro Crenes Castro y novelistas como Carlos Fong nos demuestran que Panamá apuesta por una literatura que toma riesgos, se alimenta de su entorno para proponer alternativas y muestra admiración y compasión por nuestra compleja humanidad.

Recientemente fui jurado en la sección novela del Premio Ricardo Miró, que se reconoce como el premio literario más importante de Panamá. Mientras leía las treinta y tres novelas concursantes no solo tenía que mantener mi ojo evaluador permanentemente abierto a tantas posibilidades narrativas, sino también manejar la depresión de saber que ninguno de esos libros, ni siquiera el ganador —la muy humana y bien tejida novela del artista Javier Medina Bernal— será leído por nuestros jóvenes. Los libros Miró no son parte de la lista oficial. Después de todo, algunos de ellos cuestionan las narrativas amansapueblo del conservadurismo y hasta tienen el descaro de incluir «palabras sucias».

Nuestros adolescentes no tendrán la oportunidad de ver cómo una de las novelas concursantes hacía magia con las palabras, apoderándose del lenguaje de la calle —tan falto de erres, tan violento— para transportarnos al mundo de la masculinidad asfixiante. Nuestros estudiantes no podrán reflexionar —con la ayuda de las novelas concursantes que exploraban esta cicatriz abierta por medio de complejas historias de amor, desamor y delirio— sobre el impacto de la invasión estadounidense a Panamá, que comenzó en 1989.

A todos nos gusta un libro de lectura rápida, reconfortante y que valide todas nuestras creencias en doscientas páginas; para suplir esas necesidades, tenemos una buena selección de librerías y farmacias. Pero como política pública, la lectura es una de las herramientas que se le otorga al ciudadano para que pueda participar plenamente en las conversaciones nacionales. Bien haría la lista de libros del Ministerio de Educación en asegurarse de que nuestros adolescentes sean hijos de la época dorada de la literatura panameña.

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