Autodidacta

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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De hace aproximadamente un año me he visto enfrentado ante un espécimen genérico que intenta hacerse un espacio en el Canto a lo Poeta, el “autodidacta”.
Pongo la palabra entre comillas, pues no me refiero a la acepción que nuestra querida amiga RAE propone, esto es: “Que se instruye por sí mismo”. La misma fuente plantea que el verbo en esta oración, motor del sujeto explícito como un sí mismo y tácito como una persona, personalidad y carácter es, entre muchos otros: 1. Enseñar, doctrinar. 2. Comunicar sistemáticamente ideas, conocimientos o doctrinas.
Declararse autodidacta, me parece una tarea digna de genios, pues implica en primera instancia tener clarísimo todo lo que conlleva. Recuerdo a Don Víctor Jara, quien me parece tenía un muy completo sentido de lo que la instrucción significa. En su canción El Hombre es un Creador, luego de mencionar un acervo de oficios que ha cultivado el hablante de la misma, plantea lo siguiente:

“puchas que sería güeno
haber tenío instrucción
porque de todo elemento
el hombre es un creador”.

Cuatro líneas, a las que más de algún poeta fanático reclamará carecer de consonancia, que encierran el mundo del aprendizaje, del respeto a los oficios y de la enseñanza formal.
Enseñarse a sí mismo, de forma sistemática es un desafío mayor.
En lo personal, creo que no he sido lo suficientemente valiente para abordarlo en su riqueza completa. He carecido de la disciplina necesaria para ser un autodidacta, esta vez, sin comillas. Es por ello que, en mis estudios de la viola, decidí y busqué tener un maestro. Aunque como persona cambió periódicamente, ya fuera por mudarme de ciudad, de lugar de estudios e incluso por el fallecimiento de uno de mis maestros más queridos, la figura del mentor siempre se mantuvo. Lo mismo que cuando ingresé a Psicología, en la Poesía culta y popular, en mis escarceos con la Luthería y como no, en un arte de corte tradicional y de marcada herencia como es el Canto a lo Poeta. Siempre ha habido un maestro, con todos los costes y beneficios que esto conlleva.
Es una elección, como lo es ser “autodidacta”, ahora sí, con comillas de nuevo.
El primer punto en que esta especie me genera gran distancia, es que parecen no tener conciencia de que carecer y/o no querer buscar un maestro es una decisión (hacer nada de forma activa también lo es) y a ella se vinculan resultados y productos. Primer resultado, ostensible y que en mi caso personal me provoca mayor aversión a estos entes, es la carencia total de respeto a otro ser humano como tal. Existe, no en la totalidad de sus interacciones, pero en un gran porcentaje de ellas; una cosificación del otro. El “autodidacta” no pide, exige.
Pregunta sin saludar siquiera, exige sin pedir, pide sin ofrecer y quiere todo en la inmediatez. Las redes sociales suelen ser su nicho preferido, pues puede excusarse tras la frialdad de las mismas para disfrazar su falta de modales.
Es ansioso/a y necesita saberlo todo en el menor tiempo posible, ostentando luego de pequeñas áreas de conocimiento que en realidad no ha desarrollado en profundidad, con otros de su calaña que saben menos que él/ella.
Segundo punto. Comparado con los autodidactas (sin comillas) quedan en una gruesa desventaja. Es bastante difícil tratar temas que requieren desarrollo y respeto por el lento proceso que precisa su comprensión, además de que una vez que se ha compartido algo con ellos, olvidan de inmediato la fuente o informante que quiso hacer alguna colaboración. Mientras el autodidacta se toma su tiempo para cultivar una relación sana y provechosa para las partes involucradas el “autodidacta” toma lo que se necesita, con interacciones meramente utilitarias.
Peor aún, si alguien, por convicción propia, como la mía, desiste en legarle algo sus reacciones son odiosas en grado sumo. Alega de que tener un maestro es caro, que no ha tenido el acceso a un formador y que los expertos acaparan conocimiento, situando el locus de control siempre afuera. Basta “conversar” con ellos unos cinco minutos para explicarse los pormenores de tal situación. Se refugia en charlas moralizantes y “se echa al bolsillo” a quien trataba segundos antes con falsa admiración y gratuitos elogios.
Diametralmente opuesta es la grata y amena conversación con el autodidacta, quien ha sabido cultivar el respeto, la humildad y la honestidad. Para que decir el compartir con alguien que ha sido formado por algún o algunos maestros, pareciera ser que el énfasis que se cultiva en una relación entre maestro y aprendiz es el respeto, la buena convivencia, la reflexión sobre la propia posición en un oficio donde solamente se es un pequeño eslabón en una larga cadena que no ha presentado cortes, la visualización de una misión superior a sí mismo.
Decirse autodidacta es lo más fácil del mundo, serlo es una tarea digna de admirar.
Como último punto y cerrando la columna de esta semana, he escrito en esta ocasión no motivado por situarme en una torre de marfil, ni por ponerme en posición de superioridad. No soy de quedarme las pocas cosas que he aprendido.
Sabido es que soy uno de los docentes del Primer Diplomado de Canto a lo Pueta (cuyo proceso de selección estuvo abierto a personas con y sin conocimientos), que he dedicado tiempo a hacer la poesía algo concreto y tangible para personas con discapacidad visual, que copio y regalo discos, que he ayudado a muchos a buscar el sonido y encordado perfecto para su instrumento, que he hecho clínicas de Guitarrón Chileno totalmente gratuitas y que comparto todo lo que está a mi alcance con quien lo necesite y pida desde la humildad y humanidad que las tradiciones merecen.
No quiero ser parte de una élite, como algunos “autodidactas” me han querido echar en cara como sucio recurso.
Escribo estas planillas para compartirlas con quien toque a mi puerta con violencia, con quien, soberbia de por medio, le falte el respeto al trabajo que con años de afán sostenido he desarrollado.
En fin, la idea es desarrollar un ejercicio de consciencia y reflexión en quienes más lo necesitan.
Ojalá a futuro tengamos más autodidactas y menos “autodidactas” circulando a nuestro alrededor.
 

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