La desinformación como modo de argumentar

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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En pleno siglo XXI la información no es un problema.
La alta alfabetización digital, el cada vez más familiar trato con computadoras, notebooks y telefonía portátil inteligente hace que las personas puedan estar conectadas a la red de datos de internet en el momento y lugar que se lo propongan.
Con todo, efectuar las pesquisas que se precisan para obtener un dato particular resultan de lo más cotidiano.
No deja de sorprendernos que niños cada vez más pequeños sepan manipular los dispositivos que se precisan para navegar en la red y, con gran habilidad, logren este objetivo con mayor efectividad que los adultos. El diseño de las aplicaciones y artefactos es progresivamente más amable e intuitivo (aunque madres y padres ciegamente orgullosos lo atribuyan a una inteligencia superior de sus retoños), los procesadores más poderosos, la memoria de los aparatos aumenta en sus gigabytes.
Con todo este valioso acervo, con este montón enorme de trozos de realidad diseminados en la virtualidad existe aún una incapacidad de usarla en modo ordenado y útil en la mayoría de los usuarios de internet. Aunque la red, siendo justos, no tiene la culpa.
Bien podría ser el informativo noticiario, el periódico, el chisme o muchas otras formas de comunicación donde fenómenos similares tenían lugar, solo que a una velocidad y alcance más limitados.
Pues, además de existir un número infinito de fuentes que compiten entre sí por ser la más importante y la que entrega mejores contenidos, internet es tan grande que da mucho lugar para datos y noticias falsas, a opiniones sin base, a especulación y a rumores que no tienen asidero alguno.
Ejemplos clásicos de desinformación aplicada son los de las familias que prefieren no vacunar a sus hijos basados en que, supuestamente, esto podría conllevar un alto riesgo de autismo. Aún cuando la evidencia en contra de esta idea es abrumadora y nadie hasta la fecha ha podido comprobar científicamente esta asociación espuria. Lo cierto es que un niño no vacunado quizá no desarrollará autismo, pero es probable que muera víctima de alguna enfermedad propia del período medieval.
Está también el de la comunidad terraplanista, quienes buscan probar que nuestro planeta es plano y no redondo, empleando el método zetético, es decir, comprobar un hecho desde la observación en vez de utilizar una hipótesis o construir teoría, como lo hace el método científico.
A la fecha no he tenido acceso a algún documento que explique como se origina un eclipse total en tales condiciones, o cosas más básicas a nivel astronómico como el ciclo de día y noche.
Aprovecho de anunciar a los interesados que tendrá este colectivo su primera reunión de nivel internacional el 2 y 3 de Marzo en Colón, Buenos Aires. Paradójica locación, si me permiten decirlo, tomando en cuenta que Colón fue uno de los pioneros en postular la redondez de la Tierra.
Los mencionados son movimientos colectivos, con gran número de adeptos y por ello su vigencia mediática. Aunque, por su diseño y accesibilidad la red permite que un anónimo sujeto pueda sembrar la semilla de la duda en una población e incluso un país completo, subiendo una noticia falsa. Se transforma, para la persona común, en una fuente válida un meme, alguna página amarillista, un mensaje en twitter o un audio de whatsapp, cuya velocidad de propagación es inmensa.
Escudarse en el sistema es fácil, sembrar la duda es una actividad del día a día para quien quiere ganar réditos de un lector u oyente desinformado y con miedo. Y eso, a nivel político tiene mucho valor.
No ahondaré en aquello, ya que es motivo que bien podría causar depresión a cualquier habitante de Latinoamérica, zona de experimentación frecuente de Estados Unidos.
Volveré al ámbito de mi interés y ejercicio, las artes. En ellas este proceso también se ve y me resulta curioso que un grupo que se supone más ilustrado y con mejor formación que la “Señora Juanita” (denominación de un antiguo gobernante de mi país para referirse al ciudadano promedio) caigan de igual modo y con tanta facilidad en el juego de la desinformación.
Hoy por hoy cualquiera puede proclamar, auto-proclamar, su saber sobre un área y/o que tiene las habilidades necesarias para ejercer cierto oficio. Son pocos los artistas que comprueban que algún colega, efectivamente, haga lo que dice que sabe antes de creerlo.
Cuando falleció Doña Margot Loyola me sorprendió en extremo el escuchar con tanta frecuencia la sentencia: “Yo fui alumno de ella”, cuando perfectamente se sabe en el medio a quien formó, cuando y donde. Existen personas tan avezadas de decir que han estudiado con mi Maestro, Alfonso Rubio, a los que jamás en la vida he visto, ni he escuchado en mi trabajo casi a diario con él.
Sobran los personajes que en sus páginas web dicen tocar tal o cual instrumento, pero en el escenario jamás lo han usado. Haciendo cosas tan absurdas como participar en un ciclo de cuentos denominado cuentos con guitarrón chileno por una semana, declarando ante toda la audiencia dominar el instrumento y no llevarlo siquiera un día.
Recopiladores que hacen libros de cuentos y dan charlas mostrándolo, usando versiones textuales y a calco de otras ya publicadas el siglo pasado, sin siquiera dar atisbos de un método de recopilación e investigación, sin citar fuentes ni mencionar un área de trabajo determinada.
En la narración toma fuerza la musicalización de los cuentos, proceso en el que fui pionero al masificarse la tecnificación en la enseñanza de este arte. Me he encontrado en varias ocasiones con aprendices que verdaderamente dan lástima y destruyen el trabajo respetuoso de los demás escudados en un “Me dijeron que con dos acordes basta”. Y claro que basta cuando quien espeta aquello no domina un tercer acorde, pero recorre todo el país enseñando lo que no sabe a gente que sabe menos.
¿Por qué somos tan pasivos a la hora de exigirnos y exigir a nuestros colegas?, ¿Cuál es la necesidad de no decir la verdad?, ¿Es ego?, ¿Es otra cosa?, ¿Hay que conseguir trabajos a toda costa?, ¿Por qué ganarse el escenario con trabajo mal hecho y éticamente cuestionable?,
¿Soy muy paranoico o nadie cuestiona ciertas afirmaciones sin fundamento en los CVs de colegas?
No se trata de diferir en opiniones, no se trata de descalificar el trabajo por cosa de gustos, no es el tema el encontrar todo malo, justamente es lo contrario. Hay mucho talento, somos un país de personas inteligentes, hábiles, a quienes les ha tocado sobrevivir casi en el fin del mundo.
Acostumbrémonos a poner nuestros talentos (los propios y ajenos) a prueba. Retomemos la costumbre de conversar desde la honestidad y la verdad. No tengamos miedo de desenmascarar al que miente. No seamos cómplices de la desinformación como modo de argumentar.
 

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