Juventud, divino tesoro

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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Hace algunos días tuve el privilegio de visitar el Colegio Millantú Montessori en la comuna de Villa Alemana, interesante comuna a la que acudir para un santiaguino como yo, a quien de vez en cuando el cemento, el smog y las multitudes le provocan cierta renuencia.
Mi amiga Lorena Marchant, docente del mencionado establecimiento, fue quien me extendió la invitación. El objetivo era compartir, debatir y conversar con l@s muchach@s de tercero medio, quienes de hace algún tiempo vienen acercándose con mucho respeto a la Poesía Popular y el Canto a lo Poeta gracias al proyecto Lira Popular en el Aula, en el que mi anfitriona ha puesto mucho empeño.
Fue este mismo proyecto el que nos llevó a conocernos en el Primer Congreso Internacional de la Paya en Chile, ambos en calidad de expositores y, además, compartiendo mesa en tal certamen.
Legué a la provincia de Marga Marga un poco antes de lo presupuestado, de modo que, tras un cálido recibimiento de Lorena y luego de conocer a algunos de los profesores del colegio, se dio la posibilidad de presentarme y compartir con los niñ@s de segundo medio.
Nada más sacar el Guitarrón Chileno, eterno acompañante y fiel escudero, las preguntas y observaciones aparecieron. Muy interesantes, muy respetuosas y reflexivas.
El diálogo fue hermoso y, sin duda, los jóvenes quedaron con muchas otras inquietudes que, en honor al tiempo, no pude resolver.
Al arribar a la sala de tercero medio, la situación fue bastante similar. Me agradó de una manera total el ver que durante algunos minutos yo era un simple espectador de una fluida y atrayente dinámica. Puede observar como l@s muchach@s cuestionaban, usaban conocimientos previos, citaban fuentes y se complementaban entre ellos para argumentar y/o exponer ciertos fenómenos relacionado al Canto a lo Divino, la paya, las afinaciones y el canto.
Entre versos, toquíos, melodías y algunas explicaciones con la pizarra como soporte, se hizo patente el encanto en sus caras, la atención sostenida y focalizada en los datos, anécdotas y conocimientos y saberes que les brindaba, la mayoría de ellos heredados o vividos por mí. Ese devenir me hizo darme cuenta de varias cosas, la primera de ellas es que es una completa falsedad la desmotivación e indiferencia de los adolescentes con respecto a lo que quieren aprender. Bien guiados y siendo tratados con respeto ellos se muestran muy cooperativos, empáticos y atentos. Solo basta ser cercano y crear un clima que propicie la indagación sin poner prejuicios de por medio.
Otro mito que reafirmé, porque mi trabajo día a día me lo confirma, es que la tradición aburre y no tiene gran gracia. Puedo sentirme orgulloso de que mi aprendizaje se basa en lo que, al menos, cuatro o cinco generaciones de cantores, guitarroneros y payadores vienen traspasando en un modelo antiquísimo de educación, legado, formación y de relación humana de maestro a aprendiz. Hoy escaso y muchas veces menospreciado y vilipendiado por sujetos que se denominan a sí mismo “cultores” de estas manifestaciones culturales y artísticas nutridas de la más profunda raíz.
L@s muchach@s estaban especialmente ávidos y receptivos a aquel material que no se obtiene en un libro o una grabación realizada por la academia (muchas veces por cumplir) en la que se aborda el Canto a lo Poeta de forma superficial y por personas ajenas al campo de estudio. Estas materias son especialmente delicadas por vivir, aún, en la oralidad, lugar en que se atrincheran para protegerse de quienes quieren cosificarlas y transformarlas en algo banal.
Fui testigo en primera fila de como fueron entendiendo protocolos, formas de hacer verso, la filosofía de los antiguos patriarcas del canto, sus motivaciones y cosmovisión. Resultada muy grato escuchar sus voces de sorpresa al unísono cuando veían y escuchaban algo expresado desde la práctica aplicada y traducido a palabras simples, como son las del campesino y la del antiguo juglar, humildes, sin ostentación ni pompa de ninguna especie.
Allí se debe sembrar la semilla, en terreno fértil. Juventud divino tesoro, espero mi espíritu siempre te conserve para poder llegar a las nuevas generaciones, que tanto necesitan saber de dónde vienen, pues, solo así sabrán, a que sitio deben ir.
 

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