Historia y narración oral

Escrito por Germán Jaramillo Duque el . Publicado en Columnas
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Cuando la enseñanza de la historia comenzó a abandonar el terreno de la anécdota y fue pasando a la explicación detallada de los hechos y sus consecuencias, se convirtió en un problema para quienes gobiernan, casi siempre alérgicos a cualquier disciplina que se atreva a abandonar el entretenimiento, como la tentación al chisme, al chascarrillo, al chiste, al disimulo, a la desviación de la verdad, etc, porque tienen la idea muy arraigada de que cuando la gente comienza a pensar no hay quien la soporte haciendo preguntas incómodas y de difícil respuesta, y desde entonces se han hecho reiterados intentos de excluir a la historia, no solo de los programas educativos institucionales, sino despojarla de su imagen tradicional de soporte del patriotismo, al punto de promover la idea de su fin.
No obstante los esfuerzos hechos por algunos gobiernos, en unos casos de reducir su intensidad horario dentro del pensum académico, y en otros, de decretar su insolvencia pedagógica, la historia se resiste a desaparecer y comienza a inmiscuirse en los asuntos sociales a través del relato oral, un ejercicio ancestral de comunicación y de aporte al conocimiento doméstico, que a pesar de los riesgos subjetivos insertos en su discurso, no genera los desmanes ideológicos provocados por la historia oficial en muchas sociedades a las cuales las han obligado, a través de su enseñanza, a pensar y a aceptar la vida de acuerdo con los intereses de quienes gobiernan.
Nos anticipamos a dar explicaciones, para salirle al paso a cualquier sindicación de carácter político, advirtiendo que estas prácticas de imposición ideológica de la historia ocurren en cualquier sistema político, sea cual sea su tendencia, si su intención es el mantenimiento del poder a cualquier precio.
La narración oral siempre ha permanecido abasteciendo la necesidad de las personas de conocer los antecedentes de su sociedad, y aunque no es historia confiable, según rezan los entendidos en historia oficial, posee no obstante un caudal de datos sobre los sucesos sociales cuya promoción puede generar inquietudes y reanimar las preguntas olvidadas como consecuencia del avasallamiento impuesto a la historia.
Como sucede a todo lo que produce riesgo para la denominada estabilidad institucional, desde cuando la narración oral empezó a popularizarse, debió caer sobre ella la mirada escrutadora de los encargados de mantener en su sitio el estado de obediencia de las sociedades, por hallarse la narración oral en un proceso de ebullición en una época en la que hay mucha historia represada, a la espera de ser contada.
De manera coincidente, o no (no vamos a entrar a juzgarlo), empezó esta actividad gregaria, cuyo ejercicio era ejecutado por gente común y corriente, a llenarse de apellidos, el primero de los cuales la subió a escena y marcó una distancia entre quienes contaban una historia con la facilidad de quien maneja la espontaneidad del discurso, y quienes comenzaron a aprender una serie de técnicas, hasta entonces desconocidas por quienes contaban apelando a elementos básicos como el entusiasmo, el deseo de trasmitir y la necesidad de contar algo para sustraer de un equívoco a los demás. Después, la competencia le siguió poniendo apellidos, o mejor, apodos, con lo cual su función social de proteger la memoria colectiva se ha venido deteriorando hasta convertirse en un medio más de entretenimiento.
He ahí, apreciados lectores, la importancia de proteger a la narración oral de la trivialización de sus contenidos, y de la exacerbación a que puede conducir el exceso de técnicas, si queremos conservar el único mecanismo que nos lleva a la historia y nos permite proteger la memoria colectiva y por ende la cohesión social.
 

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