Plato con baranda

Escrito por Patricio Sancha el . Publicado en Columnas
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Antiguamente en el campo chileno, cuando la vida era muy dura, y con esto no quiero decir que hoy en día sea fácil, el cariño por alguien se traducía en una abundancia desmedida de comida. Bajo este principio, un plato de sopa bien servido debía desbordar hasta ensuciar el mantel, de ahí la expresión de plato con baranda para que el contenido no cayera sobre la mesa. Los hombres pasaban el día haciendo mucho esfuerzo físico moviendo carga y las mujeres cocinando durante la mayor parte de la jornada para alimentar a su hombre y que tuviese la energía necesaria para continuar con su trabajo al día siguiente.
Aunque aún no a niveles de países desarrollados, el campo se ha mecanizado y ya no se utiliza tanta fuerza como antes, pero las costumbres son difíciles de modificar, y hoy en día, como si fuese un habito guardado en el adn rural, cuando se visita algún conocido en el campo, se deben preparar los jugos gástricos para lo que de seguro llegará; una sobre abundancia de comida, incluso si no se tienen los recursos necesarios, se hace todo por las visitas, para que no se vayan reclamando de que comieron poco.
No necesariamente es comida gourmet de refinados gustos sutiles, es más bien la cantidad por sobre la calidad.
Esta especie de deformación gastronómica ha traspasado el mero ámbito alimenticio y por ejemplo, a los hombres rurales les siguen gustando las mujeres abundantes por sobre las delgadas. Los bebés gordos, siguen siendo considerados sanos y en general, la gordura no es mal vista, sino por el contrario, vista como sinónimo de prosperidad, aunque los medios de comunicación insistan en instalar en el inconsciente colectivo, imágenes de seres andrógenos y por supuesto, en el límite de la anorexia.
En épocas medievales, el modelo de belleza femenino, tenían sobre peso y eran muy pálidas, sinónimo de que no debían trabajar a la intemperie y que gozaban de una buena situación económica como para sobre alimentarse. Hoy en cambio, son delgadas y bronceadas. Bronceadas porque pueden financiarse vacaciones en el caribe o mínimo unas sesiones de solárium y delgadas, porque tienen el tiempo de ejercitarse en el gimnasio de moda, dirigidas por su personal trainer.
Como cantaba Mercedes Sosa; "...cambia, todo cambia...".
Alguna vez, consumir productos no procesados, llamados hoy eufemísticamente, integrales, era de pobres porque obviamente no tenían como pagar el procesamiento de refinación.
Arroz con cascara, azúcar de color opaco, harina gris, ... costaban muy poco, pero hoy en día, el sacro santo mercado ha encontrado un nicho de negocios importantísimo.
Los alimentos integrales favorecen un buen estado físico, lo que por supuesto, lleva aparejado un mayor precio a pesar de tener menos procesos de elaboración.
Arroz con cascara más caro que el arroz blanco, el azúcar rubia puede costar el doble del azúcar blanca y la antiguamente menos preciada harina gris, supera en precio a la blanca.
¿El mundo al revés?
No, este fenómeno se llama mercadeo.
La publicidad nos convence de lo justificadas que son algunas incoherencias tarifarias y de la necesidad imperiosa de comprar cosas inútiles que sentimos indispensables.
Vivimos en un estado de eterna seducción engañosa para no sentir ningún dolor cuando nos meten la mano en el bolsillo.
Aunque no sea muy sano, creo que sigo prefiriendo ensuciar el mantel con la comida desbordando del plato, sin baranda.
 

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