¿En qué momento empezamos a leer?

Escrito por Diego Israel Terán el . Publicado en Columnas
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     Y con ello, no me refiero al primer acercamiento con las letras en el preescolar y su relación con imágenes y sonidos que serán la base para comprender e interactuar con el mundo que nos rodea a través de dichas grafías, sino al primer contacto que se tiene con el libro que nos hace sentir ganas de devorar página tras página y saber qué más sucede, cómo termina la historia, qué pasará con el protagonista…
     Porque si partimos del “primer” acercamiento con la lectura (ya no digamos el preescolar, ni siquiera con la primaria, porque la gran mayoría de textos que le acercan a uno durante esa etapa educativa, son eso, escolares; salvo las lecturas que venían en los libros de español, pero que por estar disfrazados de “lectura escolar” carecían, al menos a mis ojos y entendimiento de aquel entonces, de sabor literario), seguramente encontraremos en nuestra memoria un libro o texto que no despertó ese “algo” en nosotros para seguir leyendo, para buscar otras lecturas, para querer leer más.
     Y es por ello que para ser lo más preciso posible (y no es que me quiera extender en explicaciones o tal vez sí, porque ¿de qué me sirvió entonces aprender a leer y escribir si no es para expresar puntualmente mi sentir ante tal o cual situación?), he de hablar primero sobre dos conceptos que arrojarán un poco de luz al tema de este texto, la diferencia entre la “lectura estética” y la “lectura no estética”.
     La “lectura estética” está conformada por textos cuya función se basa en la belleza y expresividad de sus palabras para transmitir un mensaje y/o contar una historia, haciendo énfasis en las emociones y sentimientos provocados que dicha lectura transmite al lector. Del mismo modo, no cumple con un uso práctico ya que no se requiere “recordar, aprender o memorizar” un nombre, un dato, una fecha, un sucedo, un proceso, etc. toda vez que no se utilizará para su aplicación en una situación o resolución de un problema de la vida real. Incluso cambia con el paso del tiempo, madurando una idea o creando nuevas emociones de acuerdo a las circunstancias en que se leyó por vez primera y la revisión que se le da tiempo después.

     En contraposición, la “lectura no estética” está conformada por textos cuyo lenguaje, aunque esté perfectamente escrito y respete toda regla gramatical, no busca contar una historia ni transmitir sentimientos o emociones, sino información. Su consulta sí se verá reflejada en la importancia de “recordar, aprender y/o memorizar” un nombre, un dato, una fecha, un suceso, un proceso, etc. porque de ello dependerá la resolución de una situación o un problema en la vida real. Y con el paso del tiempo, no cambiará.
     A continuación, pondré dos ejemplos para aclarar lo anterior.
     Considerando que la literatura representa motivaciones y preocupaciones del hombre y es escrita y leída porque satisface necesidades humanas, leer por ejemplo “El Conde de Montecristo”, nos lleva a vivir la injusticia de la que es víctima su protagonista; nos hacer emocionarnos con su huida del Castillo de If y celebramos cuando encuentra el tesoro escondido en la Isla de Montecristo. En este punto, ya se habló de emociones y sentimientos experimentados por el lector al envolverse en una lectura estética. Y lo mejor de todo, es que si leímos esta maravillosa obra de Alejandro Dumas en una etapa temprana de nuestra vida, esa perspectiva y emoción será una, pero si lo volvemos a releer años más tarde, el libro madurará con nosotros y nos permitirá ver y comprender situaciones que aunque siempre estuvieron ahí, aún no lográbamos vislumbrar.
     Ahora, si leemos el manual que trae un aparato eléctrico para su correcta instalación y uso (lo cual, creo que pocos hacen), sólo rescataremos la información del proceso a realizar para su aplicación en el problema que nos atañe a ese momento en concreto, es decir, una vez que leamos el manual que dice cómo conectar y utilizar el equipo, no será leído una vez más. Y ese texto, correctamente escrito, con puntos, acentos y comas donde deben ir, al igual que una lista de compras, un anuncio en el periódico o hasta un formulario para declarar impuestos, no es un texto literario, pues su utilidad se limita al uso de la información que ofrece particularmente para la resolución de un problema que sólo obedece a ese momento.
     Dicho lo anterior y volviendo al porqué comencé a hablar de todo esto, ahora sí ¿en qué momento empezamos a leer?
     Todos comenzamos cuando llegó a nosotros ese libro que sin saberlo cambió nuestra perspectiva de lo que era tomar un libro entre las manos. Y uno se da cuenta de eso cuando el tiempo se ha ido en un parpadeo y ya son casi las tres de la madrugada, pero es más fuerte la curiosidad que el sueño; cuando por más que avanzas, vuelves nuevamente a darle una leída a cierto párrafo o hasta un capítulo entero, porque quieres ver en tu película mental, eso que tanto te emocionó o estremeció una vez más; cuando atiendes otros deberes y ya quieres que sea momento de continuar con tu lectura, porque se quedó muy emocionante; cuando terminas de leer ese libro y quieres recomendárselo a todo el mundo para platicar con alguien de él y conocerlo de nuevo pero desde otra perspectiva (o no, porque también suele haber lectores celosos de lo que ellos consideran “sus descubrimientos”); cuando buscas más obras de ese autor o más escritores similares. Es ahí cuando empezaste a leer…
     Y una vez que uno comienza a andar el sendero de la lectura, no hay marcha atrás. Y sé que lo sabes, porque yo también lo sé…
 

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