Colegas

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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Cada vez que he asumido un nuevo desafío, siempre he buscado en mi círculo de contactos, de forma inmediata, a mis colegas.
Si la memoria no falla, creo que la primera vez que experimenté la necesidad de crear alianzas con espíritus similares al mío fue ad portas de cumplir doce años, cuando hice mi ingreso al célebre Instituto Nacional, emblemático recinto educacional de la comuna de Santiago.
Muchas personas se admiraban cuando mi padre les contaba los pormenores del proceso de postulación, de las notas que tenía en el colegio, de lo fácil que se me daban ciertas cosas en la escuela y la respuesta era casi siempre del mismo tenor.
“A ese colegio van los más inteligentes”, “vas a encontrar muchos amigos”, “vas a aprender mucho”, “vas a tener muchas más oportunidades” y otra sarta de frases pre concebidas las que, años después, caí en cuenta eran aseveradas por personas que no guardaban relación alguna con el Instituto, por tanto, eran interlocutores de dudosa validez.
Quise, en primera instancia, creerme tales maravillas. No obstante, al ver la realidad resultó que, tal como en cualquier esfera de la vida, no me sentí especialmente comprendido, parte de o similar a la gran mayoría de mis compañeros.
Casi al egresar, cuando comenzaba mi formación como músico clásico al ser aceptado en el conservatorio, viví un proceso similar, la promesa de encontrarme con un grupo de personas con aspiraciones, sueño, anhelos e inclinaciones muy en línea con las mías. Nuevamente tal utopía no llegó.
Me convencí, a lo largo del año, de que mi renovada decepción tendría que ver con la tensión de algunos por la forzada decisión de un destino de por vida a través de las pruebas de selección universitaria, de la volatilidad hormonal propia de la adolescencia, de la excesiva exigencia de los maestros de armonía y piano.
Objetivamente, mis colegas, entendidos estos como la comunidad ideal a la que quería pertenecer, tampoco estaban allí.
Salí del colegio, con calificaciones inferiores a las deseadas, pero con la fortuna de tener más o menos claro que carrera estudiar y donde, motivado principalmente por alejarme de la capital y tener la posibilidad de seguir tocando viola. Recordé las palabras de muchos profesores, especialmente de matemáticas, sobre lo difícil que era el mundo universitario. Del nivel intelectual que uno encontraría allí, de la disciplina que precisaba superar un ramo de la malla, del nivel de deserción y reprobación en primer año.
Muchos consejos, muchas estrategias de estudio a seguir y una mochila cargada de ilusiones y mucha ropa de invierno para irme a Talca.
Psicología Social-Organizacional…
Quizá en un mundo intelectual institucionalizado encontraría a mis colegas. No necesité aprobar muchos créditos ni asistir a muchas clases para darme cuenta de que tampoco estaban allí.
Comencé a preguntarme, seriamente, ¿Dónde está la gente que quiere hacer su trabajo honestamente y bien? La respuesta natural tardó poco en arribar: en el mundo laboral. Práctica, memoria y algunos proyectos en Codelco, una de las mineras mejor evaluadas de Chile y, detalle no menor, de mejores sueldos en la esfera de las empresas públicas/estatales.
Nada…
Comencé a estudiar luthiería.
Nada…
Comencé a aproximarme al Guitarrón Chileno.
Unas cuantas personas interesantes, pero no las suficientes para sacar la cara por el gremio.
Comencé a estudiar narración oral, aprendí el arte del cuentacuentos.
Mucho ego, mediocridad disfrazada de buenos modos. ¿Colegas? Tal vez, uno o dos. Seré gentil, digamos que cinco.
Me aproximé a la paya. Similar situación.
Chile es tierra de poetas, quise probar allí.
El mismo cuadro, nada nuevo bajo el sol.
Me adentré al mundo del teatro y las artes escénicas. El diagnóstico no dista mucho, nada impresionante para mí.
He participado de colectivos, organizaciones, movimientos, talleres, escuelas y seguía buscando a mis colegas, hasta hace muy poco.
Toda mi vida he estado buscando cómplices, camaradas, amigos, aliados, creadores, gente con ideas. Personas con quien conversar de un tema y que me deleiten con su sapiencia, me recomienden lecturas, me hablen de sus proyectos, me desafíen a poner a prueba mi cultura, mis capacidades, mi entrenamiento, mis habilidades. Perdí mucho tiempo alimentando la falsa creencia pensando que los encontraría reunidos en torno a un oficio o profesión, sin darme cuenta que la mediocridad y la incapacidad de usar el razonamiento bien son rasgos transversales a toda área de desempeño.
Caí en cuenta, finalmente, de que mis referentes, mis colegas, comparten una característica clave que no se puede fingir y se transmite de modo inmediato.
Son apasionados en lo que hacen, aman su causa y podrían, en algunos casos, posponerse a sí mismos si ello hace avanzar a su rubro. Hacen las cosas bien como consecuencia de estar desafiándose a sí mismos con constancia, llevando a su yo actual a niveles de efectividad y eficacia cada vez más ambiciosos. Son honestos, no buscan la fama, se ganan su lugar por mérito propio y alientan a sus cercanos a surgir. Todo eso independientemente de cuál sea su ocupación.
Tengo colegas, muchos. Repartidos por todos los rincones del mundo, desperdigados en distintas manifestaciones de la creación, el arte, el patrimonio, la cultura.
Unos armados con pinceles, con notas musicales, algunos con palabras, con historias, con la pedagogía, con versos otros tantos, con raíz, identidad y un legado por heredar.
Ahora, que ya sé como identificar a un colega, voy a tratar de aunar al mayor número posible de ellos.
Será fácil reconocerles, serán todos aquellos que estén dando el máximo a su alcance en un momento dado.
Elegiré como mi colega a todo espíritu hacedor que, por añadidura, busque entregarse por entero a aquéllo que le apasiona.

 

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