Conciencia secuestrada

Escrito por Patricio Sancha el . Publicado en Columnas
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Un grupo musical de mi país compuso una canción donde en cierto momento el vocalista declama; "...ese, ese no era yo, era un impostor..." tratando de desligarse de las consecuencias nefastas producto de su actuar irracional al llegar completamente ebrio a buscar a su novia a la casa de los padres. Ni la mamá, su futura suegra, se salva de ser descaradamente cortejada por tan etílico galán que debe disculparse ante el patriarca.
Cuando estamos ebrios todo filtro de buenos modales se ve anulado por el desequilibrio químico que el alcohol provoca en nuestra conciencia crítica.
La borrachera, cogorza, mona o melopea, es una intoxicación etílica, un estado fisiológico alterado producido por el consumo excesivo de alcohol.
La intoxicación es consecuencia de la entrada de alcohol en el torrente sanguíneo más rápidamente de lo que el hígado puede metabolizarlo.
En los inicios de la intoxicación llega la euforia y las inhibiciones sociales pasan a segundo plano así como un enrojecimiento progresivo de la piel. Queriendo ir más lejos en el nivel de euforia, los siguientes vasos solo provocan deterioros en todas nuestras capacidades; se pierde progresivamente la coordinación muscular (ataxia) y el raciocinio para tomar decisiones se vuelve torpe, luego llegan las náuseas, el vómito, incluso la pérdida de conciencia y quizás por los efectos depresivos del alcohol en el sistema nervioso central, entrar en coma e incluso morir.
Muchas fuentes médicas se refieren a cualquier nivel de intoxicación de alcohol como una forma de envenenamiento.
Los antiguos griegos creyeron que podían prevenir la ebriedad al poner un pedazo de amatista en los vasos o en la boca mientras se bebía. De hecho, el nombre amatista en griego antiguo, a-methyst significa "no intoxicado"
El desinhibido seductor cortejando a la madre de la novia era un impostor cuya consciencia había sido secuestrada por el alcohol.
Hoy en día vivimos intoxicados, no por el consumo de alcohol, sino que por un exceso de información. Todos los medios tanto audiovisuales como escritos, televisión, radio, periódicos, revistas, publicidad urbana, nos embriagan de conocimiento superfluo hasta intoxicarnos, evitando así que nuestro raciocinio actúe discriminando entre lo bueno y lo malo para nuestra existencia.
El impostor sobre cargado de desinformación actúa según lo dictan las leyes del todo poderoso mercado. Los sentimientos puros, esos que no necesitan ningún tipo de envoltorio, son inhibidos por imágenes exitistas que se meten en el subconsciente del potencial consumidor para transformarlo en uno más en la masa sin discernimiento. La consciencia individual se transforma en consciencia colectiva donde la individualidad disidente es considerada anormal y hasta peligrosa.
Mi abuela siempre me aconsejó que antes de beber, comiera algo.
-¡Que el alcohol no lo pille con el estómago vacío me decía!
Quizás para evitar esta especie de intoxicación informática, lo que debemos hacer es prevenir el envenenamiento alimentándonos constantemente de buena información para que la mala no nos pille con la cabeza vacía.
Cuando digo buena información, de ninguna manera me estoy refiriendo a la de datos duros proporcionados por las ciencias, sino que a esa capaz de entrenar el raciocinio para discernir entre lo bueno y lo malo con espíritu crítico.
Solo el arte es capaz de oponerse al sistema para liberar nuestras conciencias de este secuestro permanente en que la sociedad contemporánea se encuentra.

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