Virus inteligente

Escrito por Gabriel Huentemil el . Publicado en Columnas
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Soy un devoto asiduo de ver películas en trasnoche. Tengo especial predilección por aquellas denominadas de clase clase b, de bajo presupuesto, las marginadas, las desconocidas, las que no fueron capaces de llenar demasiadas marquesinas o que no pudieron, siquiera, tocar la gloria al ser transmitidas en la sala de un cine.
Me sorprendo, especialmente, cuando veo los guiones poco pulidos, las historias un poco burdas, el efecto especial poco logrado o la falta de esmero en algún detalle que se hace obvio para el espectador.
Tal vez es mi nostalgia por el cine antiguo, ese en el que se lucía más el ingenio que los recursos monetarios ilimitados. El cine de hoy es más pantalla verde que deleite y calidad actoral, me pregunto, ¿Porqué aún no le han dado un premio Oscar de la Academia al procesador de un computador?
Las películas “malas” nos muestran un lado más humano del celuloide, por tanto, más imperfecto. La ficción da lugar a una realidad que, en un gran número de ocasiones, queremos evitar, o bien, desechar de plano.
Tal vez, especulo, esta razón es la que nos ha hecho odiar tanto el 2020. Fue un año que tuvo mucho de ciencia ficción, que parecía, tal cual no revelaba un meme, un año dirigido por Quentin Tarantino.
Una hipérbole de emociones, de muertes, de enfermedad, de pérdida de seres queridos e, inevitablemente, un claro diagnóstico de la fragilidad de la especie humana y todo su sistema de creencias y creación.
Habría que ser demasiado torpe, inconsciente o irreflexivo para no haber, aunque fuera por unos minutos, pensado en el sentido de la vida, en proyectos a realizar, en las propias prioridades, en fin, elucubrar acerca del lugar que uno tiene en la sociedad, la familia, un oficio o una profesión.
No obstante, existen personas que, efectivamente, parecen no darse cuenta de lo que significa el término pandemia, de lo cercana que está la muerte y de lo fugaz que puede ser nuestra existencia.
En estos varios meses, para paliar las normativas de confinamiento, he visto muchas más películas que en tiempos de “normalidad”. Hay muchas que he vuelto a ver y han sido una total decepción, no lo niego, mientras que hay otras que he decidido poner a correr nuevamente y me han parecido injustamente castigadas por mi yo del pasado.
Cuando uno ve una película debe ser seducido, es menester ser cautivado por la trama, por la construcción de los personajes, por lo creíble del guión. Con todo, si cualquiera de estos aspectos parece no funcionar, aunque sea por unos pocos segundos, todo se vendrá abajo.
Muchas películas que se anticipaban a lo que estamos experimentando hoy fracasaron por incluir un personaje desafortunado, por ambientarse en circunstancias que parecían demasiado frívolas, por plantear una exagerada estupidez de parte del reparto, por establecer un rol muy protagónico de los medios masivos de información o por, simplemente, tener un final crudo y distante a la felicidad.
No experimentaron el éxito en otro tiempo, pero bien deberíamos pedirles disculpas a todos quienes participaron en ellas.
Hay tramas que se sostienen en la estupidez supina y contumaz de algún personaje, que tras recibir una instrucción de lo más simple termina haciendo lo diametralmente opuesto a lo que se le exige.
¿No me cree?, Vea Gremlins.
Muchas historias se derrumban porque nos parece poco probable que el ser humano se comporte como un idiota y haga justamente lo que le recomendaron evitar a toda costa.
Un interminable número de filmes comienza con la autoridad sanitaria advirtiendo de una amenaza que parece imposible a las cúspides políticas que, además de no escucharles con el debido respeto, las desacreditan e intentan ridiculizar.
Otras tantas que empiezan con un sujeto fugándose de un hospital, robando material peligroso y perjudicial, saltándose una cuarentena obligatoria, en fin, tomando decisiones por su cuenta por creer que sabe más que el especialista en la materia.
¿Le suena familiar?
Lo que hasta hace no mucho tiempo parecía una exageración y era, por la misma razón, una ficción poco creíble y e inverosimil, hoy es la cruda realidad.
Podría aventurarme a decir que siempre lo ha sido, pero hoy hay más evidencia que nunca de lo estúpidos que podemos llegar a ser.
No necesitará de capacidades de observación extraordinarias para encontrarse con que en las calles la gente anda sin mascarillas, transita fumando, no mantiene una distancia física mínima y un largo etcétera de signos que nos hacen preguntar si es cierto eso de que el hombre es un animal racional. Algunos cometen estas irresponsabilidades por propia decisión, otros tanto obligados por sus jefes, la gran mayoría obligados por las autoridades “sanitarias”, en realidad políticas, de gobiernos que parecen más empeñados en cuidar la economía que la salud.
Recordemos algunos disparates que no tendrían cabida ni en la peor de las películas, un Ministro de Saludo que señala que el virus podría ponerse “buena persona”, eso de tomar café con mascarilla, un presidente empresario que le pide al covid que deje el país, una primera dama que se va de vacaciones a Miami por diez días con sus hijos, el mandatario de Estados Unidos (país capaz de liberar a todo el mundo de los más dantescos flagelos en el celuloide) diciendo que el CoronaVirus es una invención asiática y auto proclamarse inmune para ser diagnosticado con la enfermedad una semana después.
Si alguien lo contara como un chiste diríamos que es uno pésimo, si lo leyéramos como parte de una escaleta o script nos daría vergüenza ajena, pero son cosas que han sucedido en un período de menos de un año.
Dicen que la realidad supera a toda ficción. Estoy plenamente de acuerdo.
No hemos sido capaces de respetar recomendaciones que, en la mayoría de los casos, ni siquiera implican volición o movimiento. Solo basta con no hacer tal o cual cosa y, aún así, no podemos respetar las reglas.
Un virus, sin ninguna neurona, ha demostrado, con hechos, ser más inteligente que todo el género humano. Un patógeno que ni siquiera tiene conciencia de sí mismo nos está dejando como idiotas.
¿Estaban tan erradas las películas que desdeñábamos?
No quiero, siquiera, pensar en lo que sucedería si este agente microscópico desarrollase la capacidad de pensar y organizarse, porque seguramente es materia del guión de una película clase b olvidada por la historia.
 

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